El pasado domingo leíamos en los Hechos de los Apóstoles un fragmento (Act 10-24-39) en el que el Apóstol Pedro explica al centurión quién era Jesús.

Pasó haciendo el bien

Curiosamente cuando escucho este fragmento de los Hechos cada año, se me encienden un montón de luces en la mente. Me transporto al pellejo de aquel romano (Cornelio) y vuelvo a intuir (como aquel militar), el verdadero y último sentido del mensaje de Jesús. Este elimina por completo la acepción de personas y pone a nuestro servicio un estilo de vida fácil de entender y difícil de realizar: pasar por el mundo haciendo el bien.

Hoy nos encontramos en una situación similar a la que se encontró Pedro en Roma: un auditorio bautizado, pero técnicamente pagano, que desconoce lo profundo del mensaje de Jesús y que recibe a diario noticias negativas de una Iglesia que no acaba por evadirse de las deformaciones que los humanos a través de los siglos hemos llevado a cabo del fin último del Evangelio: salvar el mundo del desamor e implantar el inicio del reino de Dios en la tierra. 

Me vuelven a hacer pensar esas lecturas de la Eucaristía del pasado domingo. Como siempre, dado mi extenso recorrido vital, he podido constatar que cuando los seres humanos adoptan este estilo de vida, pasan por el mundo dejando huella. No quiero señalar, pero puedo hablar de muchas, muchas personas que han pasado por el mundo haciendo el bien. Ninguno ha sido VIP, ni político, ni potentado. Ni siquiera le ha hecho falta. Son cristianos. Esos que viven el estilo de vida de Jesús.