Mi admirado Carlos Herrera suele hablar de los “tontos contemporáneos”. Los suele someter a una terapia con el “desfibrilador de gilipuertas”.
Me han entrado ganas de comprarme uno aprovechando el famoso “viernes barato” o “Black Friday” (otra “majaroná”) que “mola mucho”. Pero no se sí porque estoy mayor o porque soy mayor, hay cosas que ya no soporto. Me explico.
He recibido una felicitación de una agrupación política de la provincia de Málaga. Este hecho siempre es de agradecer, pero, en este caso, me ha puesto de los nervios. La susodicha felicitación proclama a voz en grito: “feliz solsticio de invierno”. Menuda “gilipolluá” que dirían los desgraciadamente fallecidos Tip y Coll.
Los ateos militantes no saben como hacer notar su descreimiento. Pero siempre sin dejar de aprovechar la oportunidad –las vacaciones, la paga extraordinaria, etc.-, para intentar llevar el agua a su molino. Esta vez con un servidor, le ha salido el tiro por la culata. Los he considerado emisores de correos “non gratos” y a esparragar.
En mi casa, una vez más, hemos puesto un Belén y nos aprestamos a vivir intensamente el cumpleaños de Jesús de Nazaret. Mi mujer lleva varios meses ahorrando tabletas de turrón de chocolate. Lo que no sabe es que mis nietos y yo hemos descubierto el escondite y nos las estamos comiendo anticipadamente. La verdad es que no me acuerdo para nada del solsticio de invierno. ¡Menudo pegote!
Decididamente, este año voy a pedir a los Reyes (a Papa Noel, a San Nicolás o a –perdón, no sé quien trae los regalos en el solsticio de invierno- así que le llamaré “el proveedor desconocido”), un desfibrilador de tontos. Me va a ser muy útil.
