Los pertenecientes al “segmento de plata”, gentes que hemos pasado del trabajo por obligación a hacerlo de forma voluntaria, podemos caer en el error de creer que no somos necesarios a los demás.
Este sentimiento, que se puede producir en nosotros de forma solapada, progresiva e inexorable, se mueve bajo el impulso del… yo, ya que… yo para que… que lo hagan los más jóvenes.
Ayer me enfrenté con esta situación en distintos momentos del día.
Por cierto, no paré de hacer cosas necesarias para los demás y especialmente para mí. Y eso que estoy en el filo de la navaja. A veces uno se plantea si mirar las cuatro dolamas que mortifican tu cuerpo –y a veces tu espíritu- o mirar a tu alrededor y aceptar que ya no eres tan fuerte y tan joven como te gustaría.
¡Qué maravilla! Por la mañana tuve la oportunidad de conocer a un grupo de malagueños que se reúnen una vez al mes bajo la denominación de “Círculos del silencio”. Gentes de todas las edades y procedencias que están sensibilizados y sensibilizando a los demás sobre el terrible problema de los inmigrantes. En este encuentro perdí la poca voz que me quedaba.
Por la tarde me fui en busca de solución a mi problema. Mi gente me animo a ir a urgencias y que me echaran un vistazo. Me recibió una amiga que trabaja en el hospital y tanto ella, como mi mujer y yo esperamos pacientemente a que me pudieran atender. Finalmente me indicaron que al no ser urgente mi problema, ya me llamarían, a la calle, agua y ajo, pero sigo vivo. Mi experiencia vital fue de solidaridad. Con los enfermos y los sanitarios, con esa pléyade de pacientes –que terminan por perder la paciencia- arracimados en un espacio indescriptible, esperando, algunos de ellos más de tres horas a ser atendidos y a punto de provocar un motín y un asalto a las diversas consultas. Inenarrable. Y eso que tenemos uno de los medios de atención sanitaria mejor del mundo. Pero allí hay mucho sufrimiento. Se que lo hacen lo mejor que saben. Que quizás los usuarios abusan – abusamos- del sistema. Pero el que se tira horas en una camilla con un problema serio necesita algo mejor.
Con la poca voz que me quedaba me dirigí a un grupo de personas que nos hemos empeñado en la tarea de ayudar a los demás a ser más felices. A hacer más llevadera su vida. A sentirse más cercanos de los pertenecientes a su metro cuadrado. Tres horas más hablando y escuchando. Cuando llegas a tu casa dices. Gracias a Dios. Aun estoy vivo, ronco, pero vivo. Cada día tiene su afán. Sal de tu soledad impuesta o elegida. Te lo recomiendo Vale la pena vivir.
