Nunca se llegan a valorar tanto las cosas como cuando no se dispone de las mismas. Hoy escribo estas letras con una sola mano.
Esta circunstancia producida a causa de que, por fin, me han intervenido de mi maltrecha mano izquierda, me ha hecho reflexionar por una imagen que se quedó grabada en mi mente una de estas mañanas en que recorría las playas de mi paraíso particular. No una… hasta tres parejas de personas de cierta edad –es decir, puretas como yo-, caminaban cogidos de la mano como si no hubiera mundo a su alrededor.
Cuando los de mi generación éramos pequeños veíamos por nuestras calles muchas parejas cogidos del brazo. En las películas de la posguerra se veían grupos de chicas caminando por las calles de Paris, Roma, Nueva York o Madrid, cogidas del bracete. Esta imagen se ha perdido casi por completo. La gente camina deprisa y los brazos entrelazados estorban. Es más, parece una antigualla el cogerse del brazo.
Lo de la mano es distinto. La mano transmite sentimientos, pulsaciones, deseos o frustraciones. La mano se puede leer tan solo con tocarla. La mano rechaza o acoge, premia o castiga, acaricia o rechaza.
Estoy deseando que me quiten las vendas de mi mano izquierda. Quiero comprobar si con la movilidad he mejorado mi capacidad de demostrar mi amor a la que ha compartido conmigo los últimos cuarenta y nueve años.
