Nuestra vida interior, la de los pensamientos, afectos y emociones, y que constituye nuestra realidad más real, más íntima, más nuestra y que nos sitúa como persona individual, irrepetible y única, y nos ofrece la sensación de “ser yo”, se encuentra fundamentada en unas estructuras orgánicas con sustancias químicas y corrientes eléctricas que necesitan para su correcto desarrollo una integridad anatómica y funcional. Normalmente existe un perfecto, delicado y específico equilibrio por el que podemos recoger información, clasificarla, evaluar sus contenidos, evocarlas y decidir la conducta que consideramos idónea para nuestros intereses. Entender, reflexionar, valorar y ejecutar, representa una secuencia química-eléctrica-biológica de la que depende ese mundo interior con el que estamos todo el día y que condiciona nuestra calidad de vida.
Ya tenemos un breve preludio para justificar algunas de las consecuencias de las drogas. La realidad nos demuestra que no es difícil iniciar un consumo que fácilmente se convierte en un hábito, con la potencialidad de herir al órgano que tiene como diana y en el cual desarrolla todos sus efectos: el cerebro. La restitutio ad integrum no deja de ser un deseo deseado y la cicatrización deja generalmente queloides que dificultan y entorpecen el sistema de información y comunicación del sistema nervioso central.
Una de las patologías más importantes y que ensombrece la calidad de vida de muchas personas, precisamente cuando los años de vida esta aumentando, es la enfermedad de Alzheimer, que consiste en una alteración neurobiológica de carácter degenerativo, y que tiene en el cerebro su escenario. Afecta fundamentalmente a algunas zonas como el hipotálamo (memoria), lóbulo frontal (razonamiento, sentido crítico), lóbulo parietal (orientación en el espacio) y lóbulo temporal (lenguaje) y con respecto a los de neurotransmisores, tocando funcionalmente a algunos, tiene una querencia especial por la Acetilcolina. Pues bien, todo esto parece que es un calco de los deterioros que la droga hace en la masa encefálica y que se manifiestan en pacientes que hace mucho tiempo dejaron de consumir. Es evidente que el órgano diana es el mismo y que prepara el terreno para que el cambio degenerativo que describió el psiquiatra Alois Alzheimer, encuentre condiciones idóneas para su desarrollo. Porque cuando se señala que la droga ocasiona una pérdida de las facultades mentales; que interfiere en la capacidad de llevar a cabo actividades diarias; que ocasiona cambios en la personalidad, en la lógica de los pensamientos y razonamientos, se está iluminando los efectos sobre los neurotransmisores y sobre el proceso de información y conexión. Otro capítulo importante es los efectos negativos sobre los astrocitos, que son las células que defienden, protegen, alimentan y fortalecen a las neuronas. No olvidar que los cambios bruscos, inesperados, violentos y fuera de contexto que ocasiona el consumo de una droga, al precipitar zonas de vasoconstricción y vasodilatación reactivas, constituyen factores de riesgo graves para el aporte de elementos nutritivos y defensivos que esas zonas vivas cerebrales necesitan.
Consumir drogas es aceptar que una vejez prematura no es un efecto remoto, sino una consecuencia que puede estar muy próxima.
