Allá por el mes de septiembre de 2007 recogía en una de mis BUENAS NOTICIAS la celebración de las bodas de oro de un cura. De un cura de pueblo: Diego Gil Biedma. El pasado lunes por la noche mientras le acompañaba en su última visita a la Parroquia de Nª Sª de los Ángeles, esta vez de cuerpo presente, recordaba lo que escribí aquél, ya lejano día y que hoy lo vuelvo a rememorar. Lo transcribo a continuación.

Un balón de reglamento (y un cura)

“La semana pasada asistí a unas Bodas de Oro; las segundas en este año. Esta vez se trata de Diego Gil Biedma que en estos días han cumplido medio siglo de servicio a la Iglesia. Se habla mucho del trabajo de los maestros de la posguerra y de su dedicación, en unos años difíciles de pueblos pobres y sin medios materiales. Estos curas del caballo, la vespa y el 600, que también pasaron lo suyo atendiendo a pedanías, escuelas rurales y pueblos llenos de hambre y de incertidumbres en aquellos tiempos de depresión económica.

Con Diego he convivido mucho. Él es un cura que casa a mucha gente pero no se casa con nadie. Sus ideas son claras y las defiende a macha-martillo, cuando abre la boca… anuncia y denuncia. Es un “comunicador evangélico”. Yo he compartido con él experiencias de todo tipo, muchos Cursillos de Cristiandad, Cursillos de Cursillos, cientos de prematrimoniales… En un hotel de la costa, en un colegio de Ronda, en Villa San Pedro, en Almería, En Valencia en plena transición (por poco acabamos en comisaría), en Roma. En la Catacumba de San Calixto le escuché predicar en “spaninglish”. Con él he vivido miles de anécdotas. Es más, en una de esos “viajes apostólicos” le dejé, sin dinero ni documentación, tirado en una gasolinera de una autopista italiana; por supuesto, involuntariamente. Cosas de la VIDA.

El cura Diego fue al Seminario en busca de un balón de reglamento. Y de unas porterías de palo y con redes. Y de un campo grande y pintado con tiza. Ya en los años cuarenta, se hacían fichajes. El Señor llegó antes que el Atlético de Madrid, adonde iba a acabar ineludiblemente, le ofreció un contrato indefinido que, hasta ahora, no ha denunciado ninguna de las partes. Es definitivo. Por eso, el viernes sus  feligreses le ofrecieron un magnifico balón nuevecito, para sustituir aquél que le atrajo tanto hace muchos años. Es lo único que ha tenido que renovar, el resto lo tiene como el primer día. Y eso que es un quejica con  mala salud de hierro. Los de Coín están hechos de otra pasta”.

Como Pablo ya “ha recorrido el camino”, y yo he tenido la suerte de acompañarle. Viéndole de cuerpo presente he vuelto a afirmar que ha valido renunciar al balón de reglamento. Ahora ha fichado por un gran equipo. Hasta siempre amigo.