Dicen que las mafias cobran alrededor de mil euros por familia y viaje. Siempre que la familia sea pequeña; de lo contrario, hay que abonar un sobreprecio por sobrecarga; a convenir, claro. Algo más de lo que cuesta un crucero turístico en temporada baja; los cruceristas, además, van asegurados a todo riesgo. Los “pateristas” no. Como todo el mundo sabe, estos emigrantes carecen de instituciones que establezcan listas de precios razonables. Hay que ver.
Este mundo que, según prestigiosos sociólogos, es ya una aldea, no logra el equilibrio. En los barrios se nota más la podredumbre. Hasta hace poco, todo el mundo estaba convencido de que avanzábamos hacia una humanidad más bondadosa y comprometida con el bien común universal. ¡Pues nada oye! Hay quienes se consuelan con la idea de que quienes hacen esas cosas horrendas, los mafiosos, son gente de otras etnias, otras costumbres… Gente menos civilizada, vamos. ¡Que no nos llegue la coyuntura! Lo digo porque parece que nuestra cultivada sociedad occidental empieza a dar muestra de contradicciones importantes. No he llego a entender, por ejemplo, qué es más digno de consideración, un toro de lidia a la espera del “matador” o una gallina enjaula, con luz sobre la cresta día y noche, para que “ponga a destajo”. Después, claro, habrá que decidir si, desde un punto de vista ético, tiene más valor el toro, la gallina o un emigrante tititando bajo la nieve de Croacia.
Quiero recordar que la llamada ética era una asignatura “maría” entre los escolares de no hace mucho. Sustituyó al cristianismo que se considera como muy arcaico, conservador y casi infantil. Hombre, es que ya no necesitamos nada de eso. Algunos no han entendido que a estas alturas del los siglos somos mayores de edad, saber y gobierno. Además, ocurre que la ética ha quedado descabezada. Y tienen razón. Igual que para medir en milímetros hace falta un metro, para usar la ética es necesario Dios.
Verán, hace ya casi doscientos años que una generación ilustrada y optimista convino en que Dios no existía. La idea se extendió poco a poco y aquí estamos. Nos hemos quedado sin punto de partida. ¿Qué es malo? ¿Qué es bueno? ¿Con respecto a qué? ¿Qué es peor, matar a un hombre o a una gallina ponedora? ¡Bueno!, eso lo dice usted porque usted es hombre, si fuera gallina ponedora… Pues, sin Dios, apenas hay diferencias.
