El Sínodo de los obispos que acaba de clausurarse, ha centrado sus reflexiones en la familia. Si me permiten decirlo así, ha sido un análisis de “los principios del hombre”, de los momentos iniciales que precisa para “llegar a ser” Este ser débil, llamado “hombre”, necesita un preámbulo afectivo, para entrar en la vida. Ya sé que en un mundo contrahecho, inmerso en la cultura del positivismo, estas afirmaciones suenan a canción antigua. Sin embargo, nada hay más verdadero.
La familia está en crisis porque el término “amor” ha pasado al desván de los objetos antiguos, inservibles, en el día a día de la modernidad, cosa que, por cierto, aun no ha sido definida; sí, me refiero a la modernidad. A nadie le quepa duda, sin embargo, que cuantas más cenizas acumule el recuerdo del amor, más frío envolverá al mismo “ser” hombre.
La familia es una institución coetáneo. Nació a la vez que el hombre y han caminado siempre por la misma ruta. Resuena en el Génesis la voz de Dios; “no es bueno que el hombre esté solo” Y, a partir de ahí, Dios provee para el hombre una compañía idónea, la mujer. Agrega el relato “Y serán los dos una sola carne”
Dios, el mismo Dios, pone las bases de, si puede decirse así, “la primera morada” el sitio dónde deben desarrollarse las vivencias iniciales del su criatura. Nadie conoce al hombre como su creador. Es pues, en la familia donde debe desarrollarse el primer amor; aquel, espontáneo, que no pide reciprocidades.
La materialización progresiva de la vida aparta a los seres humanos de la esencialidad. El amor no vale nada pero es incalculable su valor. Esta paradoja deja al descubierto el origen inexplicable de su existencia. Cualquiera puede detectar el amor pero nadie es capaz de explica su lógica. La lógica del amor es la carencia de de cualquier lógica. El antídoto del egoísmo funciona de esa manera. Y es la familia la que pone en evidencia la realidad de ese contrasentido. En ningún otro lugar de la vida transita el amor con tanta veracidad como en la familia
Cuando la familia decrece el egoísmo aumenta. El egoísmo, aquella planta venosa que sembró el mal en el huerto del Edén..
La elefantiasis del egoísmo y de su hermano gemelo, el orgullo, escriben el epitafio de la familia. Por ejemplo, se ha triplicado el número de hijos que golpean a sus padres. Casi se ha duplica el número de divorcios… Tirita, en fin, el soporte social que armoniza los pasos del hombre y la mujer sobre la Tierra.
