Desde luego, resulta evidente que los proyectos soberanistas o, si lo prefieren, independentistas de las regiones, no caen bien en la cúpula de la Europa que pretende unirse. El nacionalismo no está de moda. Es que, con seguridad, su momento histórico ha pasado o está a punto de morir en el convulso escenario de este mundo en construcción. Nuestra sociedad se ha quedado sin horizonte. Vive comprimida en el espacio de sus “creencias de toda la vida” Los ideales de la “humanidad autoredentora” de la Ilustración amarillea cada día un poco más.
Entonces se diseñaron los espacios de las patrias que ya no eran propiedad de la nobleza si no del pueblo soberano. Hoy, las patrias aquellas, desgastadas, se hacen más grandes, diluyen sus fronteras y se quedan sin corrales patrióticos. Es que “el hombre” es más patria que las patrias diseñadas entre himnos y cañones.
Al nacionalismo, espacio de la “raza” y de la guerra, solo le queda el atrincheramiento en el egoísmo. Porque, hombre, hoy por hoy, ninguna vieja patria recalca fronteras en razón de sus peculiaridades históricas, aunque así lo argumenten, o… ¡que se yo! La verdad es que solo alzan la voz aquellas que disfrutan de rentas más altas. ¡Hay que ver¡
Y lo peor es que han dislocado el espacio de las ideas. Antes, mientras las derechas se encerraban en los límites geográficos de sus privilegios, nostalgias y cuentas bancarias, ahora las izquierdas se arrinconan en lo mismo. ¿Se han hecho ricas y nostálgicas? La izquierda, al menos en el ámbito del pensamiento, rompió límites. Se dirigió a los hombres y mujeres del mundo, a los sufrientes de la Tierra, a la “famélica legión” Ahora… pues han perdido el norte y rebuscan en lo más cercano con un vocabulario más oportunista y vocinglero que comprensible.
El Señor Jesucristo sigue siendo la voz de Dios viva en este mundo desertizado que nos rodea. Él es la fuente de la Verdad que no marchita el tiempo, ni los usos ni las fronteras. Él es el Amor de Dios aquí, a la mano.
