Un progreso pasado de época

En un pueblo de la provincia de Valencia, el señor alcalde, de Compromís, acaba de prohibir por decreto y respaldo de todos los grupos municipales, salvo el PP, que los concejales acudan a cualquier acto religioso en su condición de representantes públicos. O sea, como tales concejales. Pronto cundirá el ejemplo, seguro. Es decir, no de tardará el momento en que otros municipios recién formados sigan la misma regla. La verdad es que no tiene mayor importancia. La conjunción de política y religión no acaba con buenos resultados.
Desde luego que no se puede prohibir a nadie que, por ejemplo, vaya a Misa. Por otra parte, resulta imposible, en la práctica, deslindar la condición de persona privada y su representatividad pública pero eso es lo de menos. Sin embargo, llama la atención esa muestra –una  más- del afán de la izquierda radical –llamémosle así para entendernos– por erradicar “el fenómeno” religioso. Entiende que la religión es un sentimiento personal heredado a través de viejas tradiciones, que no debe ser respaldado por instituciones del estado.
Detrás de argumento , se esconden profundas convicciones doctrinales. Me he referido a ello en varias ocasiones y, si Dios quiere, lo seguiré haciendo cada vez que tenga ocasión. 
El asunto viene de lejos. Del momento histórico-ideológico en el que se decidió que Dios era un lastre en la evolución armónica del ser humano. En consecuencia, conviene erradicar de la sociedad ese sentimiento, u emoción anacrónica, que, por decirlo así, “cree atmósfera de trascendencia”. Quitar toda referencia  a un “más allá” paralizante que “aliena” o sea, hace extraño al hombre consigo mismo y con la verdadera, única,  realidad material. En consecuencia, el ser humano debe trabajar por la emancipación  de toda fuerza o idea impuesta que impida su felicidad única  aquí  en la tierra, es decir, aquí y ahora.. No hay otro lugar donde exista el paraíso. Toda espera procede de una quimera  esclavizante que remite al absurdo.
Todo esto es una exhumación del pasado. La Historia da fe de ello. Dios sigue presente y deseado. El hombre le busca en las encrucijadas de su vida. Siempre.
Una época como la nuestra, con las ideologías podridas y sin recambio a la vista, pugna por rebuscarlas en el pasado. Dios no se deja ocultar. Dios sale siempre al encuentro del hombre. Dios es el gozo. La renovada juventud del ser humano