Hay personas que están marcadas por las circunstancias, las ideas o la cerrazón. Cuando son jóvenes, aun nos queda la esperanza de que a lo largo de su vida consigan ver la luz e intuyan la Verdad. Pero cuando ya han pasado de una edad “prudencial” y sus tartas de cumpleaños se coronan con decenas que empiezan por ocho, el cambio es difícil.
Algo así le sucede a un buen amigo, compañero de dominó matinal, que se encierra en su verdad y no concede ni siquiera la posibilidad de escuchar lo que se le dice cuando se le habla de Dios. X…, es un hombre que ha vivido intensamente la vida en todos los aspectos. Acostumbrado al mundo de la calle y las transacciones comerciales, tiene una vasta cultura popular y un conocimiento envidiable de Málaga y los malagueños. La conversación que se mantiene con él es agradable, fluida y enriquecedora, pero ¡ay!, cuando se le habla de Dios se transforma.
El colmo de su descreimiento lo manifestó días atrás cuando, inocentemente, lo encomendé a Dios cuando iba a emprender un viaje. A mi frase “ve con Dios”, contestó: “yo no subo a nadie que no me guste en mi coche”. Intenté razonarle que aunque el no contara con Dios, Dios si le acompañaba siempre, pero nada. No hubo manera.
Me dio pena, mucha pena. Descubrí un ejemplo vivo de aquellos que no son ni ateos, ni agnósticos. Son los que se enfrentan directamente con el Espíritu al que rechazan. Lo siento por él. Aunque no pierdo la esperanza de que algún día recapacite y se acoja a los brazos protectores que, el que vino a salvarnos, Jesús de Nazaret, le ofrece. Yo tan solo puedo seguir diciéndole cada vez que me despido de él: ve con Dios. Si L… no me hace caso… Dios sí. El último que llegó a la viña también fue recibido con amor.
