El Citius, Altius, Fortius, son comparativos de superioridad que definen el espíritu olímpico como motor del desarrollo de los recursos que todo ser humano posee y que le sirven para ir superando metas; este espíritu, señala la dirección de una dinámica existencial motivada por el descubrimiento progresivo de nuestras potencialidades mentales y físicas.
Las olimpiadas se presentan esencialmente como una maestra de la vida, una escuela de vida: la disciplina, autocontrol, esfuerzo continuado, superación constante de dificultades, resistencia a la fatiga, asumir las derrotas y valorar adecuadamente las victorias, robustecer la autoestima por los logros que se consiguen, disfrutar del sentido de equipo que hace nacer compañerismos y convivencias singulares, son muestras de algunos valores que marcan un escenario psíquico muy favorable para consolidar un cuerpo sano en mente sana, tan necesaria y deseada por todos, y garantía de una armonía interior imprescindible para disfrutar de una digna existencia.
Pero cuando en estas competiciones adquieren protagonismo los intereses políticos y económicos, el espíritu olímpico se contamina y pierde su auténtica significación; el ganar se convierte en un objetivo con valor absoluto y el fracaso es no estar en el podio. En este contexto, la utilización de sustancias que pueden ayudar a conseguir el éxito, se entroniza como necesario y se justifica su consumo; en el mundo del deporte, la diferencia entre las marcas, de las que depende el éxito o el fracaso, se reduce a un margen muy estrecho, y éste puede, en casos muy concretos, de manera puntual y con grandes riesgos, ser superado con potenciadores químicos.
Pero estas sustancias, por sus mecanismos de acción, no añaden nada a las potencialidades humanas, sólo activan los recursos propios del atleta, pero de manera patológica y forzada, que son condiciones peligrosas y que aseguran el deterioro de neurotransmisores, circuitos eléctricos y neuronales, y la desorganización de la estructura cerebral: desequilibran al órgano más perfecto jamás creado que pierde armonía, jerarquía y orden. El efecto directo es la alteración de la secuencia lógica de los pensamientos con una especial interpretación de la realidad que desencadena alteraciones en el mundo de las emociones, afectos y sentimientos.
Los accidentes graves por el consumo no son presentan de manera inmediata, simplemente porque las modificaciones psíquicas y orgánicas tienen un silencio clínico que señala un tiempo de organización previo a su manifestación. Sucede que el periodo de vida deportiva de élite aunque intenso también es efímero, y casi en plena forma, le llega al deportista la jubilación y su incorporación e integración en una estructura laboral y social a la que dedicaba poco tiempo. Es en esta segunda etapa, cuando las heridas, injurias y lesiones neurobiológicas encuentran la ocasión para “dar la cara”: olvidos repentinos y esporádicos, ausencias, alteraciones del ánimo y labilidad afectiva, anhedonia, disfunciones del sueño y de la libido, interpretación subjetiva de los acontecimientos, pérdida de flexibilidad en los razonamientos, disminución del sentido del humor, y un conjunto de signos que, sin ser graves, dificultan, confunden y entorpecen la normalidad de la vida laboral, social y familiar. Las zonas encefálicas afectadas por las drogas se hacen presentes con las adulteraciones de las funciones que tienen asignadas, y estos efectos acontecen en la adultez de la vida que se considera como la etapa más productiva y creativa de la persona.
Es un cerebro con carencias, para el que no existen tratamientos farmacológicos resolutivos, ya que las sustancias extrañas al organismo, para desarrollar sus efectos, tienen que utilizar necesariamente los mecanismos neuronales que son los que están perturbados, por lo que se encuentran contraindicadas, y añaden un grave factor de riesgo, pues sin tener potencialidad de sanar, sí la tienen para provocar consecuencias adversas que favorecen un pronóstico infausto a cualquier patología.
El cerebro, que ni olvida ni perdona, tiene la original capacidad de regeneración, por eso, el objetivo singular, prioritario y específico de todo abordaje terapéutico se dirige a recuperar la normal funcionalidad cerebral con la activación y desarrollo de sus propios recursos con programas neurológicos selectivos.
