En Semana Santa comprobamos de manera especial cómo la fe cristiana del pueblo se manifiesta más allá de los cauces muchas veces previstos. El corazón no entiende de normas. Sí de emociones y sentimientos. La religiosidad del pueblo destila fuerza y pasión. Y por eso es necesario valorarla como lo que es: la potencia de fe que late en un pueblo.
Según el magisterio de la Iglesia Católica la religiosidad popular es una realidad viva en la Iglesia y de la Iglesia. De la comunidad que cree en Jesús Resucitado. Su fuente se encuentra en la presencia continua y activa del Espíritu Santo en la comunidad de bautizados. Por eso el Magisterio ha expresado muchas veces su estima por la piedad popular y sus manifestaciones. Las expresiones cofrades se enmarcarían dentro de esta categoría: la de la piedad popular. El magisterio eclesial ha llamado la atención a los que la ignoran, la descuidan o la desprecian para que tengan una actitud más positiva ante ella y consideren su valía. No ha dudado en presentarla como un verdadero tesoro del pueblo de Dios.
La piedad popular tiene un sentido casi innato de lo sagrado y de lo trascendente. Manifiesta una auténtica sed de Dios. De hecho, la unión armónica del mensaje cristiano con la cultura de un pueblo es lo que con frecuencia se encuentra en las manifestaciones de la piedad popular. En las manifestaciones más auténticas de la piedad popular, de hecho, el mensaje cristiano, por una parte asimila los modos de expresión de la cultural popular y por otra infunde los contenidos evangélicos en el corazón del pueblo.
