Este viernes y sábado son los días propuestos por el Papa Francisco para que los católicos de todo el mundo se dediquen a rezar más y mejor. Lo ha venido a llamar “24 horas para el Señor”. Lo ha hecho coincidiendo con el tiempo de la Cuaresma. Un tiempo precioso para orar y para profundizar en el misterio de Dios. .
Este tiempo litúrgico es para los católicos de todo el mundo un tiempo formidable porque dispone el corazón para contemplar el inmenso amor de Dios hacia cada uno de nosotros. Y anima a los creyentes a ser cada día mejores. Es un tiempo oportuno de reconciliación con Dios y con los hermanos. Es tiempo de usar de manera más frecuente las propuestas que la espiritualidad cristiana ofrece desde que Jesús de Nazaret pisara esta tierra: oración, ayuno y limosna. Por eso el papa Francisco ha pedido que además de las oraciones que cada uno hace diariamente hoy y mañana sean días especiales para que los cristianos recen.
Y es que la Cuaresma es tiempo propicio para una escucha más atenta y profunda de la Palabra de Dios. Ésta ilumina la vida y guía por el camino del bien. Si me apuras más allá de la confesión de fe de cada uno. La Escritura custodia palabras de verdad que ofrecen un camino de espiritualidad precioso a quien se acerque a él. Por eso una lectura personal más asidua de la Palabra de Dios, el rezo personal o comunitario es recomendable. Cada uno en función de su vida, fe y experiencia como creyente puede y debe vivir la experiencia de oración. Es necesario contemplar el misterio de la Trascendencia. Guardar silencio y descubrir como te decía al comienzo contemplar el misterio de Dios. Y el cristiano el misterio de Dios manifestado en Cristo Jesús para descubrir así su entrega amorosa a los hombres y mujeres. Algo que tendrá repercusiones prácticas aunque no se busque como objetivo prioritario: ayudará a vencer la indiferencia ante quien sufre y permitirá superar la tentación de creernos dioses.
En la oración, en la meditación, en la contemplación se fortalece el corazón. Un corazón como dice el Papa: “misericordioso, vigilante y generoso; un corazón que no se deje encerrar en sí mismo.” Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas.
