Bueno, se han apagado ya los rumores de ese artificio pagano que llamamos Noche Vieja. Es un decir, que las noches no envejecen.
Llamarle vieja a una noche es admitir que hubo otra joven, cargada de esperanzas juveniles. ¿La hubo? Lo seres humanos tendemos a soñar, a reinventar gozos y alegrías sobre el gris de lo cotidiano. Todos tenemos un poeta más o menos inspirado en alguna parte del alma.
Los poetas del romanticismo adjetivaron de “vieja” a la noche de San Silvestre y enseguida la imaginación puso el resto; nos hicimos a la idea de que abríamos una puerta sobre la aburrida sucesión del tiempo, sobre la áspera realidad del día a día.
Y es que somos buscadores. Los seres humanos nos movemos hacia un hipotético horizonte de cielos azules desde los pardos de cada mañana; vamos al hallazgo de algún trébol de cuatro hojas que debe existir en el misterio del tiempo. Entre tanto, vivimos en la frustración del cansancio: “Ayer se ha ido, mañana no ha llegado; soy un hoy que está cansado” decía Quevedo. Estamos convencidos de que en alguna parte desconocida se esconde esa “Noche nueva” que forzosamente tuvo que preceder a esta vieja, huidiza y bullanguera.
Algunos antropólogos definen al hombre como “un eterno buscador de felicidad”. En la mitología griega hay referencias constantes de ello. El feroz y poderoso Rey Atreo se lamenta: “Yo soy un buscador de felicidad por los jardines de palacio” Su interlocutor se asombra porque todo el pueblo piensa que el rey es muy feliz, lo tiene todo. Pero Atreo no es más que un buscador de felicidades, uno más.
Vivir es poner la esperanza en una cucaña que se desvanece. Eso nos lleva a creer que “Cualquiera tiempo pasado fue mejor” como dice Jorge Manrique.
En fin, en Noche Vieja se va algo que nunca existió. Todos deseamos una Noche Nueva llena de gozos inéditos. Es que la Noche Nueva es la aurora de Dios.
La Biblia relata la existencia de un Paraíso anterior al pecado. Allí, una humanidad feliz vivía junto a Dios. Y sentimos en las entrañas el recuerdo difuso de aquel lugar. Pero solo hay un camino de regreso, Jesucristo. Todos los demás son ilusiones en la noche. Sin Jesús solo queda esta inacabable Noche Vieja del tiempo que se repite cansina y artificial.
