El pasado veinte se celebró el “día de la infancia”. La modernidad se da maña en ponerle nombre a las cosas y guardarlas enseguida si resultan molestas. Guárdalas en alguna parte: el almanaque o los bajos fondos de la conciencia colectiva. Esconderlas en cualquier caso.
Volviendo a lo que íbamos; en esta ocasión la celebración del día de los niños coincidió con un informe de ANEPE (Asociación de profesores) verdaderamente explosivo. Detallan los docentes verdaderos persecuciones y malos tratos que reciben por parte de los padres de sus alumnos. Algunos se marchan de la enseñanza por no poderlo soportar. ¡Algo insólito!
Tradicionalmente, padres y profesores han formado una especie de frente común o, si lo prefieren, de alianza en favor de los alumnos. Parece lo más natural. Todos hemos considerado que esa alianza es fundamental para conseguir un resultado perfecto. Entonces ¿qué se ha roto? pues es muy posible que los hilos de la lógica. Hombre, se entiende que padres y profesores están moralmente vinculados en el desarrollo armónico de sus hijos y alumnos.
Bueno, pues, al parecer, esos bienes comunes no existen en el seno de esta sociedad profundamente individualista, fragmentada y violenta que nos asfixia.
Algunos sicólogos explican el comportamiento de los padres como una reacción inconsciente que pretende echar sobre los profesores el resultado de sus propias carencias paternales. Como si quisieran descargar sobre los maestros el castigo de sus propias culpas. Cualquiera sabe; el alma humana es tan sorprendente como insondable.
Lo que sí parece evidente es que nuestro mundo afectivo se deshilacha en un entramado de contradicciones; hacemos lo que condenamos y, por egoísmo, tratamos de escapar de lo que nos atrapa en las sutilezas del amor.
Se hace necesaria una reflexión colectiva. Es urgente salir del este do del absurdo, del laberinto de contradicciones que nos ahoga. Todo cobra sentido en el amor de Jesucristo. Sin Él nada lo tiene. El amor es de Dios
