Málaga ha celebrado el nacimiento de la madre de Jesús de Nazaret. Lo hizo por todo lo alto. Con fiesta local. La liturgia católica coloca justo a nueve meses del 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de María, la fiesta del alumbramiento de María de Nazaret. La mujer que muchos malagueños reconocen como patrona de su Diócesis y de la ciudad. Lo hacen bajo la advocación histórica de la Victoria.
Es bello celebrar un nacimiento de una mujer que con su manera de actuar marcó un antes y un después en la historia al dar a luz a Jesús, el Nazareno. Más allá de la confesión de fe de cada uno e incluso del posicionamiento como no creyente de cada cual, fijar los ojos en la biografía de la madre de Jesucristo, en su personalidad o en su manera de ser y comportarse ofrece la posibilidad de descubrir a un ser humano extraordinario. Modelo para muchos. Ejemplo para quien desee mirarse en su espejo.
Sorprende descubrir su talante y genio femenino. Como mujer de fe supo entregarse sin reservas al Dios en el que creyó. Como persona ofrece toda una forma de ser y comportarse que mantiene plena vigencia en el siglo XXI. Basta acercarse al Evangelio. Éste rescata retazos de su personalidad. Fue muy querida por las primeras comunidades cristianas. Prueba de ello es el respeto, devoción y atención que le prestan en los textos sagrados.
Su inmaculada concepción, su virginidad, su maternidad divina o su ascensión al cielo muestran al creyente cristiano cómo fue mimada, querida y deseada por Dios. Su recia personalidad, su maternal solicitud o su profunda coherencia de vida muestran a todos sin excepción una mujer de nuestra raza en el sentido más pleno de la palabra.
La dignidad femenina encuentra en María de Nazaret niveles difícilmente superables. Porque ella, que para el creyente es la toda santa, para quien la contempla como mujer hebrea del siglo I descubre una mujer con el corazón y la cabeza muy bien amueblados. Como mujer creyente reivindicó su protagonismo en la historia. Y el del pueblo más pobre. Basta acercarse al Magnificat: «me llamarán dichosa todas las generaciones porque ha hecho en mi cosas grandes el Poderoso (…) derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió sin nada.»
