Tristeza

Últimamente vengo observando que los que me rodean están cargados de un hálito de tristeza. Quizás es que antes no había parado en ello. Cuando era joven siempre procuraba encontrarme con personas más mayores que yo, de las que podía recibir información y formación; entonces la alegría la transmitía yo. En mi etapa de padre novato siempre andaba con gente de mi edad o niños, propios o ajenos, que emanaban alegría y ganas de vivir. Después, durante la etapa de jubilación reciente, volví a la universidad y durante seis años me contagié de la alegría y la “joie de vivre” de los universitarios y no noté la tristeza a mi alrededor. Ahora, me encuentro rodeado de gente de mi edad. Su conversación gira sobre la guerra, la política, las cosas negativas y las enfermedades. Se pasan recetas del médico en lugar de recetas de cocina. Se habla más de muertos que de vivos. Los telediarios y la información en general apoyan esta tristeza desde una presentación de la realidad lo más desgarrada posible.

Y los entiendo; la vida y el mundo no están parta tirar cohetes. Pero yo tampoco he conocido épocas mejores y, sin embargo, siempre he tenido motivos para el optimismo. Nací en la posguerra: penurias, emigración, leche en polvo de los americanos, trajes heredados del padre, pollo por Navidad, vueltecitas por calle Larios y cervecita los domingos; programas dobles en el Capitol y futbolines a peseta. Mientras, el mundo se recuperaba de las guerras. Después, el 600, la guerra del Vietnam, el telón de acero, las guerras en África, el Sahara, Palomares. Más tarde, guerra en los Balcanes, el bloqueo de Cuba... Y siempre, siempre, el conflicto entre Israel y Palestina. La tierra de Jesús, la raíz de las tres grandes religiones monoteístas, en un conflicto fratricida y permanente.

O sea, que no estamos ni mejor, ni peor, que siempre. Los que estamos tristes somos nosotros. Nos hemos hecho mayores y nos creemos, tan solo por tener un carnet de identidad más antiguo, con el derecho a estar tristes y transmitir tristeza a los demás. Entre las obras de misericordia de aquél Catecismo Ripalda que aprendimos de memoria, se encontraba aquella de: “consolar al triste”. Si no lo podemos conseguir, por lo menos no debemos caer en el error  de “entristecer al alegre”. Ya está bien. Se puede paliar la situación con un poquito de buena voluntad. Y ánimo, que “a quién Dios tiene, nada  le falta”. Basta de tristezas.