La fe es para el hombre algo así como la comunicación, la alegría o el amor. Necesaria y buena. Afirmaba Benedicto XVI que la fe crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Ciertamente la fe en Dios es un regalo. Y como tal hay que custodiarlo y cuidarlo. Es una virtud teologal. Procede de Dios. Y los regalos del cielo hay que mimarlos.
¿Mera cuestión de supervivencia? En cierta forma sí. Cuando alguien no cree en nada ni en nadie ha entrado en el camino de la muerte, de la pura nada, en la soledad total. Cuando se experimenta la fe en Dios se comprueba cómo cambia todo a mejor. Hasta el sufrimiento se vive con sentido porque reconoces a Dios en medio del sufrimiento. Pero es más, cuando se experimenta la fe se está viviendo en lo más profundo del ser la capacidad milagrosa que el ser humano tiene de entrar en comunión con el misterio de Dios. Y eso es un don. La fe es abandono, silencio y descanso. Supone descubrir que la sed de absoluto tiene nombre: Dios. Un Dios vivo y personal que se comunica y te acompaña en la vida.
