Palabras del obispo de Málaga en el acto de liberación del preso de la cofradía de El Rico
Nuestro Padre Jesús "El Rico"

Queridos hermanos y hermanas, queridos miembros de la Hermandad de Jesús El Rico, autoridades, y especialmente tú, hermano, que hoy recobras la libertad:

Al preparar estas palabras, me venía a la memoria la historia de una niña nacida en una familia pobre. No podía viajar como sus amigas, ni tener los juguetes o los vestidos que ellas disfrutaban. Y se sentía desdichada por ser pobre.

Pero, al crecer, aquella niña descubrió que en su familia pobre había una riqueza inmensa: el amor. El amor entre su madre y su padre, el amor hacia ella y hacia sus hermanos. Un amor real, que no excluía momentos de incomprensión o dificultad, pero que la ayudó a crecer en confianza, en libertad interior, en inteligencia y en capacidad de esfuerzo; pues en esa casa sabían que las cosas importantes se alcanzan con trabajo y perseverancia. 

Cuando la joven comprendió esto, dejó de verse pobre. Se descubrió rica, muy rica; afortunada, profundamente afortunada.

Comparto esta historia porque ilumina de manera preciosa los dos mensajes que deseo transmitir esta tarde.

Primer mensaje: la mayor riqueza de una persona es el amor.

El amor que recibe y el amor que da. Por eso podemos llamar “El Rico” a este Cristo sufriente, pobre hasta el extremo, casi sin fuerzas para seguir adelante porque lo ha entregado todo. Tenía razón El Principito: «Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos.» Con los ojos del corazón comprendemos que este Cristo pobre y sufriente es, en realidad, El Rico, con mayúsculas.

Segundo mensaje: el amor es fuente de libertad.

El amor de nuestros padres, de nuestros amigos, de la pareja, nos da alas para volar libres. Y el amor de Dios —un amor que no se detiene ante nuestros errores y que atraviesa incluso la muerte— nos concede la libertad más grande. No la libertad para destruir nuestro futuro, sino la libertad para vivir de verdad, para entregarnos, para amar como Jesús y con Jesús.

Por eso, querido hermano, te felicito de corazón. Hoy recuperas la libertad exterior. Y nos hacemos idea de lo que supone para ti y para tu familia. Pero deseo para ti también la libertad interior: la que nace de saberte amado por tu gente y por Dios, que nunca te ha soltado de la mano. Que esta oportunidad sea un comienzo, no un final. Que puedas reconstruir tu vida desde la dignidad que siempre has tenido y que nadie te puede arrebatar.

Y a todos los presentes, os recuerdo que la tradición de Jesús El Rico, que libera a un preso, nos habla de un Dios que no se resigna a que nadie quede encerrado en su pasado, en sus errores o en sus sufrimientos. Y si somos sinceros, reconoceremos que todos los tenemos. Dios siempre abre una puerta.

Os invito a seguir construyendo —cada uno desde su credo o su ideología— una sociedad donde el valor más importante sea el amor; un mundo donde la justicia y la compasión caminen juntas. 

Muchas gracias.