Pedro Fernández Alejo, delegado de Pastoral Penitenciaria, ofrece una crónica de la Semana Santa celebrada con los privados de libertad. La vivida en la cárcel por más de un centenar de reclusos cristianos.
Celebrar la Semana Santa en la prisión con la Comunidad cristiana de Alhaurín De la Torre o la de Archidona, es vivir, por momentos, inmersos en la misma realidad que vivieron quienes acompañaban a Jesús desde la proclamación gloriosa de la entrada en Jerusalén, la plasticidad de la Última Cena compartiendo el agua purificadora en gesto de servicio y comiendo el pan de la entrega, así como reviviendo la Pasión de Jesús encarnada en cada uno de los presos y presas que participaban en el Vía Crucis; desde la detención y continuando con todo el proceso judicial de Jesús, amañado, pactado y claramente injusto, hasta llegar a la sentencia condenatoria. Muchos presos se sienten identificados con Jesús; las lágrimas se asoman a las mejillas, entre sentimientos de culpabilidad, sintiendo peso de actuaciones injustas o la impotencia por no poder demostrar su inocencia. Y, al fin, la celebración de la Resurrección de Cristo desde el gozo y la alegría de que, si Cristo ha resucitado, también es posible gozar de nuestra propia resurrección liberadora.
Han sido cuatro momentos en esta Semana Santa de intensa y profunda vivencia de lo que Jesús nos ha regalado. Especialmente el sentir la comunión de la Iglesia en libertad con los hermanos que forman la Iglesia en prisión. Y todos juntos celebrando los momentos cúlmenes de nuestra fe en Cristo Jesús.
Esto es vivir la “otra Semana Santa”. Sin ruidos, sin música, sin apretones, sin nerviosismo. Mucho silencio, intensidad, emociones, lágrimas, signos esperanzadores. Ramos de olivo alzados a lo alto como gesto de libertad. Pan inmenso preparado en la panadería de la cárcel, partido y repartido en trozos para cada participante. El Camino de la Cruz elaborado y reflexionado por los mismos presos siguiendo las huellas del Maestro, cargando una cruz pesada, por ser de hierro, recorriendo todo el proceso policial y penal, interrogatorios, torturas, sentencia, abandonos, muerte. Y todo ello culminando con la Vigilia Pascual en la que, el momento del encendido del Cirio y las velitas, con su procesión, sugiere ese camino de salida del sepulcro (cárcel) hacia la plenitud de una liberación resucitada y resucitadora.
De los internos e internas han participado un promedio de cien personas en todas las celebraciones que han estado también compartidas por los miembros Voluntarios de Pastoral Penitenciaria y por algunos otros cristianos que desearon participar esos momentos con nosotros, como el coro Amanecer que embellece cada celebración.
Agradecemos a la Dirección de los Centros Penitenciarios y a los Funcionarios la disponibilidad y servicio para que nuestras celebraciones sean realizadas con dignidad, favoreciendo siempre el bien de los internos.
