BENDICIÓN DE LOS SALONES PARROQUIALES
(Parroquia de San José – Fuengirola, 17 septiembre 2022)
Lecturas: Am 8, 4-7; Sal 112, 1-2.4-8; 1 Tm 2, 1-8; Lc 16, 1-13.
(Domingo Ordinario XXV-C)
1.- Dios ama y cuida de los pobres
Las lecturas de este domingo del tiempo ordinario nos hacen calibrar lo que es importante para nuestra vida, que, al final, es la unión con Dios; las otras cosas las necesitamos para vivir, pero que podemos prescindir de ellas. Nuestra vida debe estar más vinculada a lo más importante, a Dios.
El profeta Amós dice que Dios ama y cuida de los pobres, denunciando así a quienes intentaban aprovecharse de los necesitados y de los pobres, deseando siempre en hacer negocio; por eso pensaban cuándo pasaría la luna nueva para vender el grano o cuándo llegaría el sábado para hacer comercio, siendo un día en que no podían hacer actividades (cf. Am 8, 5). E incluso, para abusar o comprar al indigente por «cuatro perras» (cf. Am 8, 6).
El Señor eso no lo quiere, porque él ama a los pobres. Pero, ¿quién es pobre ante Dios? Todos estamos necesitados del amor de Dios. Una cosa es la pobreza o la riqueza material y otra es la pobreza o la riqueza espiritual; sea humana divina.
Si alguien entrara en este templo precioso y viera los mármoles y la reforma que se ha hecho, podría pensar que la Iglesia tiene mucho dinero y mucho poder. Bien sabéis vosotros cómo se hacen estas cosas, porque los recursos no llueven del cielo, sino que provienen de las aportaciones de todos.
Quiero felicitaros por la participación de todos, aportando cada uno lo que puede; y aunque uno no sea materialmente rico, nos enriquecemos mutuamente y después podemos gozarlo.
Además, el Señor Dios se merece lo mejor. Todos cuidamos de nuestras casas para estar cómodos y bien, incluso cuando hay pocos recursos; pues se intenta que la familia tenga lo mejor.
Nosotros damos a Dios lo mejor. El templo parroquial no sólo lo usamos nosotros, sino que venimos para dar gracias a Dios, para alabarlo, para adorarlo, porque es el centro de nuestra vida. Él es el infinitamente rico, que haciéndose pobre nos ha enriquecido a todos nosotros (cf. 2 Co 8, 9).
Dios ama y cuida de los pobres (cf. Sal 112, 7-8). Y Dios nos ama y nos cuida a nosotros. También quiere que compartamos los recursos que tenemos, para que todos puedan vivir, al menos de una manera humana, decente, con las necesidades básicas cubiertas. Si todos pusiéramos algo de nuestra parte, todas las personas del mundo tendrían lo suficiente para vivir. El problema no es de falta de alimentos o de recursos, el problema es de justicia social, de una falta de una auténtica distribución de las riquezas. Se trata de una falta de compartir.
Hay alimentos que se tiran en todo el mundo para que los precios no bajen. Pero no hay falta de alimentos; hay falta de justicia, de caridad o de fraternidad.
La parroquia habéis hecho un esfuerzo para hacer una rehabilitación, para hacer los salones parroquiales, ¿con qué finalidad? Para evangelizar, para formar en la fe a las personas que vengan, para rescatarles a veces también de la calle, en el sentido amplio de la palabra.
La comunidad parroquial ofrece unos lugares donde poder formarse mejor, donde poder celebrar la fe, donde poder crecer, donde poder estar al amparo y a la sombra del Señor, que es el que nos da su vida.
2.- Dios quiere que todos los hombres se salven
Dios tiene amor a los pobres y sabemos que pobres somos toda la humanidad, porque estamos faltos del amor y del perdón del Señor; por eso Dios quiere que todos los hombres se salven.
La presencia de una parroquia en una ciudad, un pueblo, una barriada tiene el objetivo de cumplir la voluntad salvífica universal de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad que es Cristo (cf. 1 Tm 2, 4). El fin es que todos puedan conocer a Jesús, la Palabra revelada, Verbo encarnado. Ese es el primordial objetivo de la Iglesia.
La Iglesia ha sido instituida por Jesús para evangelizar, para misionar, para proclamar el Evangelio; y, por ende, la parroquia también, en medio de un barrio o en medio de una ciudad. Ese es el objetivo.
La parroquia es un instrumento de evangelización, es una posibilidad de encontrarnos entre nosotros y encontrarnos juntos con el Señor para darle gloria.
3.- Alzar las manos limpias
Pablo en la carta a Timoteo dice una frase muy bonita: «Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, alzando unas manos limpias, sin ira ni divisiones» (1 Tm 2, 8).
Podemos rezar en todo lugar: en casa, en la calle, en la playa, en el monte, en cualquier sitio. Podemos hacer presencia de Dios y decirle que lo queremos o pedirle perdón; eso se puede hacer en cualquier sitio.
Pero la comunidad cristiana necesita un lugar sagrado donde celebrar la liturgia sagrada, donde adorar al Señor, donde celebrar el misterio pascual, donde celebrar la eucaristía y participar en este alimento que es de vida eterna.
Podemos rezar en cualquier sitio, pero no podemos comer el cuerpo de Cristo en cualquier sitio. No podemos celebrar la misa en cualquier sitio, necesitamos un templo. Y os felicito por haber realzado, rehabilitado, embellecido y ampliado este templo parroquial de San José.
Las manos alzadas es el gesto orante por excelencia. En las catacumbas y en las primitivas pinturas de las paredes los cristianos pintaban una mujer con las palmas de las manos hacia arriba en actitud orante. Es la misma actitud que manifestamos los sacerdotes cuando en la eucaristía rezamos la plegaria. Cuando rezamos al Señor levantamos las manos en actitud orante.
Las manos alzadas deben estar limpias de ira, de discordia, de violencia, de egoísmo, de rencor, de avaricia, de trampas, de divisiones.
Nuestras manos orantes deben ser manos generosas, amigas, solidarias, samaritanas, responsables, hacendosas. Eso es lo que espera el Señor de nosotros y es lo que vamos a pedirle al Señor.
4.- No se puede servir a Dios y al dinero
Hemos dicho al principio que Dios es lo más importante; y las cosas, lo menos importante. El mismo Jesús cuenta a sus discípulos la parábola del administrador astuto, que derrochaba los bienes de su amo (cf. Lc 16, 1). «Lo llamó y le dijo: ¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando» (Lc 16, 2).
El administrador comete una injusticia, porque a los que le debían a su señor unas cantidades de aceite y de trigo, entre otras cosas, se las perdona (cf. Lc 16, 6-7). No debía de haberlo hecho, porque hacía daño a la hacienda de su señor a quien servía.
Pero Jesús no alaba al administrador por ser injusto; lo alaba por ser astuto, por saber cómo actuar: «Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz» (Lc 16, 8).
Deberíamos poner el mismo interés en vivir la fe, en dar testimonio y en evangelizar que pone el mundo en conseguir sus cosas; pero a veces da la impresión de que no ponemos el mismo interés. Cada uno nos examinamos ante el Señor y le pedimos que nos dé su fuerza.
Nadie puede servir a dos señores: o estás con Dios, o estás con otras cosas. No se puede adorar a Dios y a los ídolos; no se puede adorar a Dios y al dinero; no se puede adorar a Dios y al bienestar y a la fama. Hay que elegir.
Como hemos dicho al principio, todos deberíamos poder vivir, razonadamente hablando, con las necesidades básicas cubiertas. Y eso es posible; pero, falta que sepamos distribuir mejor las riquezas y los recursos que tenemos entre todos.
Vamos a pedirle al Señor que nos ayude a poner el corazón en Él; que nuestro corazón no esté en las cosas de la tierra porque, al final, se quedan todas aquí. El Papa dice que de aquí no nos vamos a llevar nada a la otra vida; con su gracejo argentino dijo hace tiempo que no había visto nunca un entierro, donde detrás del féretro fuera un camión de mudanza con los bienes del fallecido para llevárselos a la otra vida.
Aquí se va a quedar todo lo material, menos las buenas obras, las manos alzadas, generosas, limpias, fraternas, ayudadoras; solo van a quedar las buenas obras.
Cada uno ahora que saque las consecuencias y buenos propósitos, que el Señor nos inspira esta tarde.
5.- Los nuevos locales.
De nuevo, muchas felicidades a D. José, el párroco; y también deseo hacer memoria de D. Rafael, porque las parroquias y los feligreses pasamos; unos vienen y otros se van; pero, al final, todos pasamos y todos aportamos nuestro granito de arena; cada uno a su modo y en lo que puede.
Agradezco a los dos párrocos: a D. Rafael, que ha estado en los últimos años, y ahora a D. José que está con vosotros. La Iglesia la mantenemos así, trabajamos en comunidad y en comunión, aportando cada uno lo mejor que tiene.
¡Gracias y enhorabuena por el esfuerzo realizado! Esta rehabilitación del templo y de los nuevos salones debe servir para que la parroquia sea más misionera, más evangelizadora y más fraterna, para compartir.
Se lo pedimos a San José y también, naturalmente, a la Virgen nuestra Madre. Que así sea.
