FUNERAL DE AUXI ROMÁN BURGOS
(Cementerio-Málaga, 23 agosto 2022)
Lecturas: 2 Tes 2, 1-3a.14-17; Sal 95, 10-13; Mt 23, 23-26.
1.- Un saludo fraterno a mis hermanos obispos: D. Javier, arzobispo de Granada, y D. Ginés, obispo de Getafe. Queridos sacerdotes, estimada familia y fieles todos.
Nos reúne el Señor en esta celebración, en la que celebramos su muerte y resurrección: el misterio pascual.
San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, nos advierte de la última venida del Señor: «A propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él» (2 Tes 2, 1). Cristo vendrá al final de los tiempos y nos congregará a todos; ante ese hecho, nos exhorta: «No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por alguna revelación, rumor o supuesta carta nuestra, como si el día del Señor estuviera encima» (2 Tes 2, 2). «Que nadie en modo alguno os engañe» (2 Tes 2, 3).
El Señor vendrá cuando quiera; pero nos va reuniendo con Él y llamando a cada uno en el momento oportuno de nuestra vida. Él nos llama a la otra vida, antes de reunirnos en el momento final, como dice Pablo: «Dios os llamó por medio de nuestro Evangelio para que lleguéis a adquirir la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (2 Tes 2, 14). La gloria del reino de los cielos, la vida feliz, la Verdad plena, la Luz inmarcesible.
Y, continúa diciéndonos Pablo: «Así, pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta» (2 Tes 2, 15).
2.- ¿Qué es lo que hemos aprendido y qué es lo que estamos viviendo? El Señor nos ha regalado en el bautismo sus dones, las virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor, que son semillas de inmortalidad. Y nos pide que las cultivemos, para llegar al encuentro final con el Señor resucitado.
Pablo dice que esto debe consolar nuestros corazones: «Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha regalado un consuelo eterno y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.» (2 Tes 2, 16-17).
Y realmente los consuela, porque quien vive de la fe, de la esperanza y del amor, y lo mantiene hasta el final de su vida se va a encontrar de manera plena y total con el Señor. Traspasada ya la puerta o el umbral de la muerte temporal, nos reunimos con el mismo Señor en el reino de los cielos.
3.- En el Evangelio el mismo Jesús nos cuenta una parábola para que lo entendamos mejor. Nos relata la actitud de unas doncellas, que esperan la llegada del esposo en unas bodas: unas eran prudentes, porque tenían el óleo para sus lámparas; y las otras eran torpes, porque no lo tenían (cf. Mt 25, 1-4).
Se podrían aplicar los óleos de estas lámparas a las virtudes teologales, que el Señor infundió en el bautismo: la fe, la esperanza y la caridad. Necesitamos vivir de esperanza; pero de esperanza en la vida eterna, de la esperanza cristiana. También necesitamos vivir de la fe y mantenernos firmes en ella, siendo fieles en el amor al Señor.
El esposo tardaba, se durmieron todas y al final, entraron al banquete de las Bodas del Cordero la que estaban preparadas (cf. Mt 25, 5-10). El Señor nos invita a mantener el aceite de nuestras lámparas, a que tengamos encendida la luz de la fe, la llama del amor y la esperanza en la vida eterna, para que, cuando nos llame, podamos entrar a ese banquete.
4.- Ahora celebramos sacramentalmente el banquete de las Bodas del Cordero: la eucaristía es el memorial del misterio pascual del Señor, de su muerte y resurrección.
Esta celebración que hacemos en el tiempo, al final, la celebraremos de modo pleno en el más allá, en la otra vida, en el cielo. Pero estamos llamados a participar de este banquete ya en este mundo; de gozarlo, de probar esos vinos generosos, ese manjar suculento que es alimento de eternidad y que nos llevará hasta el encuentro definitivo con el Señor.
Pidamos a Dios que nos mantenga firmes en lo que creemos y esperamos, unidos al Señor y a los demás por el amor.
5.- En este banquete de Bodas Cristo resucitado, Esposo de la Iglesia, la ha purificado, la ha embellecido, la ha engalanado, la ha hecho suya. Cristo se ha desposado con la Iglesia. Cristo se ha desposado con nosotros, miembros de la Iglesia. Cristo se ha desposado con nuestra hermana Auxi, que ha mantenido desde su bautismo el óleo de su lámpara encendida.
Permitidme esta imagen. Quiero imaginarme ahora a nuestra hermana Auxi engalanada por el Esposo, Cristo, con una diadema real, con un vestido de novia, con un traje de reina. Podéis imaginar cada uno cómo la estará adornando el Señor a esta esposa suya. Imaginad también que la está tomando de la mano y la está invitando a las Bodas eternas. Ella ya participó aquí en la eucaristía de este banquete de las Bodas del Señor. A ese banquete también estamos invitados todos.
En esta tarde nuestra oración se dirige al Señor, que lleve consigo a nuestra hermana Auxi, engalanada, a disfrutar del reino eterno, a gozar del banquete de Bodas del Cordero.
También queremos agradecer al Señor el regalo que ella ha sido para los que hemos podido conocer y tratar a Auxi. Ha sido el regalo de una persona que ha vivido su fe, que ha vivido su devoción a la Virgen, que ha estado con su lámpara encendida después de una larga enfermedad y sufrimiento; y que ahora el Señor la lleva consigo engalanada como una reina.
¡Que la Virgen María la acompañe en ese precioso paseo hacia el banquete eterno! ¡Que así sea!
