CURSO “PERSONA Y FAMILIA”
(Casa Diocesana-Málaga, 31 julio 2022)
Lecturas: Ecl 1, 2; 2, 21-23; Sal 89; Col 3, 1-5.9- 11; Lc 12, 13-21.
(Domingo Ordinario XVIII-C)
1.- Proyectos del hombre rico
Hemos escuchado en el Evangelio de Lucas que uno se acerca a Jesús para pedirle que interceda entre su hermano y él para repartir la herencia.
Pero Jesús no entra en ese juego y aprovecha para dar una lección sobre el tema de los bienes. Propone la parábola del hombre rico que tuvo una gran cosecha y empezó a hacer cálculos (cf. Lc 12, 16-17): derribar graneros y construir más grandes. Hay cuatro verbos, correspondientes a cuatro acciones que quizá nos gustaría a todos disfrutar: descansar, comer, beber y pasarlo bien (cf. Lc 12, 19). Ese es el objetivo de muchos de nuestros contemporáneos y más ahora en vacaciones: descansar, comer, beber y pasarlo bien.
Contrasta, sin embargo, lo que el hombre rico planea para sí mismo y lo que Dios le plantea. El rico pone ante sí tres consideraciones: 1) los muchos bienes acumulados; 2) los muchos años que estos bienes parecen asegurarle; 3) y la tranquilidad y el bienestar desenfrenado.
Pero Jesús, el Maestro, anula todos esos proyectos y se los cambia. En vez de muchos bienes acumulados, ¿qué es lo que le queda al rico al final del día? Nada, tiene que entregarlo todo. En vez de muchos años, ¿qué le queda? Ni un minuto de su vida, porque termina. En vez de muchos bienes acumulados, ¿qué le queda? Entregar la vida y, por tanto, todo lo que tiene. Y en vez de disfrutar de la vida aquí, se le exige la restitución: tú tienes que entregar tu vida a Dios (cf. Lc 12, 20). «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12, 21).
Jesús no condena los bienes materiales, porque nos hacen falta para vivir. Los llamamos bienes. aunque son materiales; son bienes, son cosas buenas que el Señor nos regala. No hay que despreciar, por tanto, los bienes materiales que hacen falta para vivir. Otra cosa es poner el corazón en esos bienes que son caducos.
Esas mismas actitudes del rico, ese programa que se ha hecho de muchos bienes, muchos años y a descansar, se pueden también aplicar al matrimonio y a la familia. Estas instituciones se pueden tomar como bienes que se poseen y que no se pierden. Pero hay que cuidarlos porque se pueden perder. El otro es un regalo para mí y los hijos son regalos mutuos para los dos y para los demás. Eso es un bien que habéis recibido de Dios; todos lo hemos recibido porque todos somos miembros de alguna familia.
Estos bienes, la familia y el mismo amor en el matrimonio son bienes que hay que cuidar, porque como bien sabéis y tenéis experiencia, sobre todo con personas que conocéis, estos bienes si no se cuidan, se pierden.
2.- Sopesar lo que tiene valor de eternidad
Quiero felicitaros por participar en ese encuentro, los que seáis nuevos por primera vez y los que ya habéis venidos otros años, donde se convive y se reflexiona sobre la persona y la familia.
¡Enhorabuena!, porque os ayudará a calibrar mejor, como un gran bien de Dios, el matrimonio y la familia. El amor hay que alimentarlo constantemente, de lo contrario se puede apagar. Hay que vivir el matrimonio y la familia como dones de Dios, como bienes, que también se quedan aquí. Cuando uno traspasa el umbral y deja la vida temporal, pasando a la otra vida, esos bienes ya no se los lleva consigo; todo eso se queda aquí.
Por eso hay que saber usarlos bien. Hay que trabajar, hay que sopesar, como dice el libro del Eclesiastés, lo que tiene valor de eternidad y lo que no tiene valor de eternidad, lo que es caduco.
3.- Buscar los bienes del cielo
San Pablo en su carta a los Colosenses que es un texto muy pascual, nos ha dicho: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios» (Col 3, 1) ¿Por qué? Porque Cristo es nuestra única y gran riqueza que no se pierde.
En estos días celebrábamos la fiesta de las hermanas Marta y María. Tal vez haya alguna Marta entre vosotros; me refiero al nombre, porque a su actitud seguro que todas sois Martas. Ella ofrece su amor y su servicio. Pero el Señor dice que María se queda con la mejor parte, porque lo que hace es escuchar la Palabra, contemplar a Cristo que seguirá contemplándolo y escuchándolo más allá de la vida temporal. La invitación que nos hace el Señor es a no quedarnos con las cosas de aquí: «Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra» (Col 3, 2).
La belleza de la vida se fundamenta en el bien. La belleza también es un bien y es algo bueno. La vida, la familia, el matrimonio son bienes que Dios nos regala. Demos gracias a Dios por ellos y cultivémoslos; trabajemos para no perderlos.
Hoy celebra la Iglesia también la fiesta de san Ignacio de Loyola, quien supo acertar dónde poner su corazón. Las cosas de la vida, los honores de la tierra no les satisfacían; al final, el centro de su vida fue Cristo. Él es el único que puede llenar nuestro corazón.
Vamos a pedirle al Señor que nos ayude a saber calibrar y valorar todos los bienes, los materiales que son buenos y los espirituales que son eternos. Le pedimos a la Virgen María que nos acompañe en este discernimiento y en estos días de convivencia y de reflexión. Que así sea.
