CONFIRMACIONES
(Catedral-Málaga, 10 junio 2022)
Lecturas: 1 Re 19, 9a.11-16; Sal 26, 7-9.13-14; Mt 5, 27-32.
1.- Adorar al verdadero Dios
Hemos escuchado en el libro de los Reyes que el profeta Elías se refugia en una cueva en el monte Carmelo, –en la actual Palestina, Israel–, huyendo de la persecución de la reina Jezabel que lo busca para matarlo.
La primera enseñanza que queremos comentar en esta eucaristía es que es preciso buscar y adorar al verdadero Dios. La razón de que Elías se refugie en el Monte Carmelo es que había quedado solo como único profeta del verdadero Dios de Israel, contra los más de cuatrocientos falsos profetas de los dioses baales. Los profetas que seguían al Dios de Israel, al Dios verdadero, revelado, habían sido perseguidos por la reina Jezabel. Quedaba solo Elías frente a todos ellos.
Elías explica su situación dirigiéndose a Dios con una oración que dice: «Ardo en celo por el Señor, Dios del universo, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela» (1 Re 19, 14).
Elías es profeta del verdadero Dios, a quien adora como único Dios y Señor, mientras que muchos de sus paisanos adoraban a los falsos dioses baales.
Algo parecido sucede en nuestra sociedad. Mucha gente adora a falsos dioses que no son el verdadero Dios, que no dan sentido a la vida, que no tienen capacidad de crear cosas de la nada; que no han redimido a la humanidad, como Cristo; que no otorgan la fuerza del Espíritu.
A la espera de poder ver a Dios, Elías contempla varios elementos de la naturaleza. Él desea ver a Dios y cree que Dios está en la manifestación de elementos de la naturaleza: un huracán, pero ahí no está Dios; un terremoto, pero tampoco está Dios; el fuego, no está Dios en él; un susurro de brisa. Pero en ninguno de ellos está Dios (1 Re 19, 12).
A veces los humanos confunden a Dios con los elementos naturales y los adoran. Pueden ser elementos naturales, pueden ser elementos ficticios. Hoy hay muchos dioses a los que se les adora. No necesariamente elementos de la naturaleza, pero sí elementos sociales: el poder, el honor, el dinero, etc., que son dioses falsos, porque no salvan y no dan la auténtica felicidad.
Queridos confirmandos, vais a recibir los dones del Espíritu Santo, que os van a fortalecer; os van a ayudar a tener discernimiento y sabiduría, –dos de sus dones–, para distinguir los falsos dioses en nuestra sociedad y quién es el verdadero Dios, la Trinidad: Dios Padre, Creador; Dios Hijo, Salvador y Redentor; y Dios Espíritu Santo, Santificador.
Este próximo domingo celebramos la fiesta de la Trinidad. Nuestra religión adora a un Dios Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es un solo Dios, único, manifestado en tres Personas.
Pedimos al Señor que os ilumine la mente y el corazón, para saber distinguir los dioses falsos que hoy nos presenta la sociedad del Dios verdadero de Jesucristo.
2.- Buscar el rostro de Dios
El Salmo de hoy nos anima a buscar el verdadero rostro de Dios: «Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor» (Sal 26, 8).
¿Dónde está el rostro de Dios? ¿Dónde podemos encontrarlo? Decidme dónde encontráis vosotros a Dios. ¿Lo habéis encontrado? ¿Dónde? ¿Qué estamos celebrando ahora? La Eucaristía; en ella se hace presente a través de su Cuerpo y de su Sangre.
¿Qué es lo que hemos escuchado de los lectores que han leído desde el púlpito? Hemos escuchado la Palabra de Dios; y en su Palabra podemos descubrir su rostro.
En los sacramentos, entre ellos, el bautismo y la confirmación, que ahora recibiréis, vais a tener un encuentro con Cristo. Y, de modo especial, en la Eucaristía.
¿Dónde más podemos encontrar el rostro de Dios? En las personas, sobre todo, en los más necesitados. El papa Benedicto XVI nos recordaba que: «En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el “arte de vivir”, el camino de la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios (cf. Ef 1, 5; Rm 8, 14). Jesús ha venido para salvarnos y mostrarnos la vida buena del Evangelio» (El Año de la fe. ¿Cómo hablar de Dios? Audiencia general. Vaticano, 28.11.2012).
Jesús de Nazaret, a quien muerto y resucitado le llamamos Jesucristo, es el que nos ofrece el verdadero rostro de Dios que se sumerge en nuestro mundo y nos enseña el arte de vivir el camino de la felicidad.
¿Dónde podemos encontrar la felicidad? Siguiendo a Jesús y no siguiendo a los falsos dioses que nos ofrece la sociedad. Ese es el mejor testimonio que podéis dar, queridos fieles y queridos confirmandos, cuando alguien os pregunte por qué creéis: «Creo en Dios, manifestado en Cristo porque me da la felicidad, porque llena de sentido mi vida».
Las cosas en las que ponemos nuestro interés y esos falsos dioses, en los que a veces creemos, no nos dan la felicidad verdadera. Pueden dar un momento de placer, que se acaba y deja más vacío que antes.
Jesús ha venido para salvarnos y mostrarnos la vida mejor; se trata de un estilo nuevo.
3.- El sacramento de la Confirmación
Esta tarde vais a recibir el sacramento de la confirmación que, en primer lugar, es una donación del Espíritu Santo, quien os regalará sus dones y os fortalecerá.
Se llama confirmación no porque confirméis hoy personalmente vuestra fe, sino porque el mismo sacramento confirma la fe que recibisteis en el bautismo. En el bautismo se nos prometió la donación del Espíritu Santo y hoy vais a ser confirmados en la fe recibida en el bautismo. Naturalmente renovaréis esas promesas bautismales.
El Espíritu os fortalecerá, os dará vigor, os dará sabiduría, os dará prudencia, os dará fortaleza para ser testigos del Señor. Esta tarde os envía como testigos suyos. No os avergoncéis de vuestra fe, no tengáis miedo de decir que sois cristianos, católicos. Dad testimonio de vuestra fe en vuestros ambientes: entre amigos, en la familia, en cualquier momento de nuestra vida.
Vamos a pedir toda la Iglesia por vosotros, para que sea hoy como un nuevo Pentecostés. Al igual que los apóstoles que recibieron al Espíritu Santo, que vosotros recibáis esta tarde el don del Espíritu.
Le pedimos a la Virgen María, que acogió al Espíritu en su alma, que fue templo del Espíritu Santo, que os haga también a vosotros templos del Espíritu. Que así sea.
