ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
(Madrid, 23 abril 2026)
Lecturas: Hch 8, 26-40; Sal 65, 8-9.16-17.20; Jn 6, 44-51.
(Tiempo Pascual III-Jueves)
1.- Agradezco la invitación a presidir esta Eucaristía con motivo del cincuenta Aniversario de mi ordenación sacerdotal, que coincide con el treinta Aniversario de mi ministerio episcopal. Me alegra poder dar gracias a Dios con vosotros, queridos hermanos en el episcopado.
Con María, la Virgen, doy gracias a Dios por el regalo del sacerdocio: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; (…) porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1, 46-47.49).
El Señor me ha permitido ejercer el ministerio en cuatro diócesis: Valencia, diócesis de origen, donde estuve también de obispo auxiliar; Roma, en alguna parroquia y, sobre todo, al servicio de san Juan Pablo II en la Secretaría general del Sínodo de los Obispos, donde aprendí a conocer y amar a la Iglesia universal; Alcalá de Henares, a la que llegué cuando era una niña de ocho años desde su restauración como diócesis y la dejé como una mujer de dieciocho años; y, finalmente, Málaga, a la que he servido durante diecisiete años. Todo este itinerario es gran motivo para dar gracias a Dios. Como dice el Salmo: «Bendecid, pueblos, a nuestro Dios; haced resonar sus alabanzas» (Sal 65, 8).
Agradezco el trabajo de mis antecesores y de mis sucesores; cada uno aporta según los dones recibidos del Señor y también según los retos que en cada momento tienen las diócesis. Cuando un obispo llega a su diócesis no parte de cero y cuando la deja no todo está hecho, como habréis podido verificar. Somos un eslabón en la cadena de transmisión de la fe.
Pero «tempus fugit» y estoy en la etapa final del ministerio, a la que es necesario adaptarse y renovar la consagración al Señor desde otra perspectiva. Y es necesario aprender a ser obispo emérito.
A los hermanos más jóvenes deseo recordarles que, aunque ahora ocupéis las bancadas altas de la sala de reuniones, poco a poco iréis descendiendo inexorablemente hacia el llamado «foso de los leones».
2.- El libro de los Hechos nos ha narrado el encuentro de Felipe con el etíope, ministro de la reina de Etiopía, a quien le explica las Escrituras y bautiza a continuación.
Felipe es enviado por un ángel del Señor para que vaya al encuentro del etíope (cf. Hch 8, 26), quien va leyendo las Escrituras sin entenderlas (Hch 8, 28-30). El Señor nos envía a proclamar la Buena Nueva a gente que tal vez no la entiende, porque tiene su interés puesto en otras cosas; porque busca la felicidad donde no la encuentra; o porque la ceguera cubre sus ojos.
Nuestra misión es «desvelar», quitar vendas que ciegan, aportar la Luz de Cristo resucitado, ayudar a los oyentes a que abran sus corazones y explicarles las Escrituras, acompañarlos en su proceso de fe; en definitiva, anunciar a Cristo resucitado, el cordero llevado al matadero (cf. Hch 8, 32), porque su humillación nos concedió la vida y la salvación eterna.
Nuestra tarea sacerdotal es ser fieles y dóciles al Espíritu Santo, del que somos instrumentos y mediación eclesial. Recuerdo que un obispo mayor, con gran experiencia, me dijo al poco tiempo de mi ordenación episcopal: «Mira, Jesús, procura estorbar lo menos posible al Espíritu Santo»; y este consejo me ha acompañado y ayudado en el ministerio. Todos tenemos experiencia de tener que hacer discernimiento para tomar decisiones que sean buenas para la Iglesia, aunque no concuerden con nuestros planes.
3.- Siempre me ha llamado la atención la rapidez con que Felipe bautiza el etíope, tras anunciarle «la Buena Nueva de Jesús» (Hch 8, 35): «Llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?» (Hch 8, 36). Y Felipe lo bautizó (cf. Hch 8, 38).
Contrasta este hecho con los procesos que solemos hacer para administrar los sacramentos de la iniciación cristiana, sobre la que reflexionamos ayer. Quizás deberíamos propiciar más que el candidato tanga un encuentro personal con Jesucristo, que le lleve a una verdadera conversión.
4.- En el evangelio Jesús se presenta como el pan vivo y celeste: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6, 51).
Todos sabemos que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana y el pan de vida eterna. Por eso hemos de hacer de la Eucaristía el centro de nuestra oración y de nuestra vida sacerdotal, al tiempo que animamos a los fieles a vivir de la Eucaristía. Seamos pastores eucarísticos, que centramos nuestro ministerio en tan grande sacramento.
En las visitas pastorales he insistido a los fieles que cambiemos el saludo de «Buen finde» por «Buen Domingo», porque los cristianos celebramos la fiesta pascual del Domingo, que es fundamental para nuestra fe; como decían los primeros cristianos: «Sine Domenica, non posumus».
Doy gracias a Dios con vosotros y también rezo por vosotros, para que el Señor os conceda un fecundo y gozoso ministerio episcopal. Amen.
