Pontífice, constructor de puentes
El papa saluda al secretario general del sindicato UGT en su encuentro con el mundo de la cultura, el arte, el deporte y la economía //LUISMAGAN

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

De todos los títulos que acompañan al Papa, quisiera subrayar hoy el de Pontífice: constructor de puentes. No se trata de una mera dignidad honorífica ni de una evocación histórica. Es expresión de su misión: tender puentes entre las personas, entre los pueblos, entre las culturas y, sobre todo, entre Dios y la humanidad. La reciente visita de León XIV a España ha estado marcada precisamente por esa vocación pontifical: abrir espacios de encuentro donde se levantan fronteras, unir sin uniformar y reconciliar desde la verdad, la justicia y el perdón.

Madrid fue el escenario de ese gran puente hacia la sociedad civil. En sus encuentros con representantes del mundo de la cultura, la economía, el arte y el deporte, León XIV ofreció una imagen de la Iglesia alejada de cualquier repliegue. Escuchó más de lo que habló y propuso un diálogo sereno capaz de llamar al corazón de quienes buscan respuestas a los grandes interrogantes de nuestro tiempo: «Os invito a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza».

«León XIV escuchó más de lo que habló y propuso un diálogo sereno capaz de llamar al corazón de quienes buscan respuestas a los grandes interrogantes de nuestro tiempo»

En el Congreso de los Diputados afirmó que para promover la convivencia es preciso abandonar la cultura del descarte y custodiar toda vida humana «desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». Además, en una sociedad marcada por la polarización y el cansancio colectivo, recordó que el entendimiento sigue siendo posible: «La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos».

El Encuentro con la Comunidad Diocesana fue la ocasión propicia para hacer una llamada clara a tender puentes entre diversas realidades eclesiales. Nos invitó a aprender «el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad», a apostar por los consejos parroquiales y diocesanos: «son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad».

Canarias representó otra dimensión de su servicio como pontífice: la de tender puentes hacia los hombres y mujeres más pobres. En Arguineguín, como hiciera Francisco en Lampedusa, puso rostro humano a un fenómeno que con demasiada frecuencia se reduce a cifras y debates políticos. En su mensaje defendió con firmeza que «la dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra... La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

Desde esta dolorosa realidad, León XIV interpeló a la sociedad, que «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». También dirigió su apelación a las comunidades cristianas: «La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras».

«En Arguineguín, como hiciera Francisco en Lampedusa, puso rostro humano a un fenómeno que con demasiada frecuencia se reduce a cifras y debates»

Pero la tarea del Pontífice no consiste únicamente en tender puentes entre las personas, sino entre el ser humano y Dios. Y esa dimensión alcanzó su expresión más luminosa en Barcelona. La bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia constituyó mucho más que un acontecimiento arquitectónico o cultural. Allí nos recordó que cada persona es una obra maestra de Dios. Somos “piedras vivas”, llamadas a unirse unas a otras: «Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un único proyecto». 

En una época que con frecuencia reduce la fe al ámbito privado, León XIV mostró en Barcelona que «es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador». La luz, la música, la arquitectura y la liturgia convergieron en una celebración donde la técnica, lejos de sustituir la trascendencia, contribuyó a hacer más accesible el misterio.

Quizá por eso la visita ha despertado una acogida tan amplia. Porque, en medio de una sociedad fragmentada y necesitada de referencias comunes, León XIV ha encarnado justamente aquello que expresa su título: el humilde y exigente oficio de tender puentes. Lo ha hecho con la belleza y la coherencia de sus discursos, así como con su modo humilde y respetuoso de presentarse. Puentes entre culturas y generaciones, entre identidad y universalidad, entre la tierra y el cielo. Puentes, en definitiva, hacia nuestra propia dignidad, hacia los demás —especialmente los más vulnerables— y hacia Dios.

Termino esta carta con una pregunta: ¿qué sucedería si tú y yo, y nuestra parroquia y nuestro grupo de fe, cada cual con sus matices particulares, asumiéramos con mayor seriedad la tarea de construir puentes?