La fragilidad humana, el deterioro producido por el paso de los años y las enfermedades han llevado a algún pensador de nuestro tiempo a afirmar que somos “seres-para-la muerte”; pero la fe en Jesucristo resucitado nos impulsa a proclamar que somos “seres-para-la-vida”. De hecho, los relatos evangélicos nos presentan a Jesús curando a muchos enfermos, como signo de que el Reino de Dios está llegando.
Es normal, por tanto, que deseemos estar sanos y tratemos de alejar los sufrimientos. Bienvenidos sean, pues, los avances médicos que nos ayudan a superar las enfermedades y a sobrellevarlas con la mejor calidad de vida posible. Sin embargo, también hemos de reconocer que la realidad de la enfermedad y de los enfermos nos ofrece una oportunidad preciosa de crecimiento humano y espiritual, cuando nos situamos adecuadamente.
Acercarnos a las personas enfermas
La actitud básica es acercarnos a las personas enfermas. El primer paso no es “hacer” algo con ellas, sino “estar” con ellas. La enfermedad suele llevar consigo un incómodo acompañante, que es la soledad. A menudo nos alejamos de los enfermos porque, aún sin pretenderlo, nos recuerdan nuestra propia fragilidad. Cuando vencemos esta tentación y nos acercamos a ellos, descubrimos que la vulnerabilidad nos une y nos permite ayudarnos con verdad. Además, con nuestra cercanía les estamos diciendo que son valiosos para nosotros, no por su productividad, sino por ellos mismos.
«Dios se manifiesta en la paciencia con la que algunos enfermos viven su enfermedad, en la fe inquebrantable de quienes asumen con serenidad sus sufrimientos y en la capacidad de algunos para abandonarse en las manos del Señor, especialmente cuando la medicina solo puede aliviar su dolor»
La segunda actitud es hablarles con verdad, si así lo quieren. Existe una tendencia natural a rodear al enfermo de un “silencio piadoso” o de falsos optimismos que terminan aislándolo en su propia realidad. Pero la verdad no daña, sino que ilumina. Cuando el enfermo pide claridad sobre su estado, ocultársela supone restarle autonomía. Una comunicación honesta, envuelta en caridad, permite que la persona integre su proceso y le encuentre sentido en medio de la incertidumbre. Así pues, es necesario crear espacios de confianza en los que el enfermo pueda expresar sus miedos, esperanzas y deseos, sus dudas y sus convicciones de fe.
Y, finalmente, abrir los ojos para descubrir la acción de Dios en los enfermos y a través de ellos. A menudo pensamos que Dios sólo actúa por medio de la curación, pero su presencia es más honda y eficaz. Dios se manifiesta en la paciencia con la que algunos enfermos viven su enfermedad, en la fe inquebrantable de quienes asumen con serenidad sus sufrimientos y en la capacidad de algunos para abandonarse en las manos del Señor, especialmente cuando la medicina solo puede aliviar su dolor. A través de su fragilidad, Dios nos vuelve más compasivos y nos enseña a dar prioridad al amor sobre las prisas del mundo. Los enfermos “evangelizan” a quienes los cuidan; por eso, podemos celebrar la “Pascua del Enfermo”, es decir: el “paso” de la enfermedad a una nueva vida.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
