El sacerdote diocesano Alfonso Crespo invita a reflexionar, en el Año Jubilar Sanjuanista, en la figura de San Juan de la Cruz, su obra y la profundidad de su doctrina.

San Juan de la Cruz en el paisaje andaluz
Imagen de San Juan de la Cruz en el oratorio del lugar donde murió, en Úbeda A. MEDINA

Que no pase desapercibido

San Juan de la Cruz en el paisaje andaluz

Este año de 2026, la familia del Carmelo descalzo y toda la Iglesia celebramos un tiempo de gracia: el III centenario de la canonización de San Juan de la Cruz (1726) y el I centenario de su declaración como Doctor de la Iglesia (1926). Dos aniversarios que no son simple recuerdo histórico, sino ocasión para redescubrir la actualidad de un hombre, cuya vida y palabra siguen encendiendo el corazón.

Quienes conocieron a fray Juan lo llamaban “santico”. Santa Teresa lo describía como “celestial y divino”, alguien en quien apenas podían advertirse imperfecciones. Nacido en Fontiveros (Ávila) su fama de santidad se extendió con rapidez, “como fuego manso y seguro”, desde Castilla a Andalucía, desde Úbeda a Segovia. Su canonización en 1726 fue la confirmación oficial de una certeza popular: aquel fraile pequeño de estatura era un gigante de espíritu.

Dos siglos más tarde, en 1926, la Iglesia lo reconocía como Doctor de la Iglesia: el “Doctor místico” por excelencia. No por sus títulos académicos, aunque fue alumno acreditado de Salamanca, sino por la hondura de su doctrina, la belleza de su palabra y la fuerza de su experiencia. Juan de Yepes en el siglo, después Juan de la Cruz en religión, no se recrea en una teoría desencarnada, sino que señala caminos de vida. Sus versos y tratados siguen siendo brújula en medio de la noche más oscura, invitando a no temer las sombras cuando nos alumbra la lámpara de la fe, fuertemente agarrada por las manos de la esperanza y el amor.

Las fechas conmemorativas son sólo números vacíos que miran a un pasado, si no se llenan de lecciones para el presente: vivir un Jubileo es hacer una memoria agradecida y proyectar un futuro cargado de esperanza. Os invito a acompasar nuestra mirada a los pasos del santo, que llevó su ardor reformador y evangelizador a Andalucía, hasta “morir de amor” en Úbeda. 

San Juan de la Cruz residió en Andalucía durante un largo período de su vida (1578-1588). Como señala el P. Federico Ruiz, carmelita y experto sanjuanista: “son los diez años más fecundos y activos, casi agitados, de toda su vida: gobierno y construcción, servicio pastoral y dirección espiritual, viajes, redacción de sus escritos…” Su residencia en Granada (1582-1588), ejerciendo como prior del convento de los Mártires, mirando a la Alhambra, y también provincial de la Orden, “fue su escritorio”. En esta ciudad perfiló algunas de sus obras literarias más famosas: Subida al Monte Carmelo, Cántico espiritual, Llama de amor viva y Noche oscura

Consta la especial vinculación del santo místico con la iconografía de Cristo cargado con la Cruz. Incluso, en su etapa de Granada asesoró a imagineros para plasmar esta devoción: Pablo de Rojas brindó a la veneración una hermosa imagen del Nazareno en el convento de los Mártires. Lo atestigua, también, la devoción a esta imagen que deja en los conventos por los que pasa y que se extenderá a toda la orden carmelita descalza. Testigo eminente de esta devoción es la proliferación iconográfica de un Nazareno que porta la Cruz o bien cae bajo el peso de la misma, mostrando la profunda humanidad del Hijo de Dios. 

La devoción popular mantiene viva una escena de la vida del santo. En su paso por Segovia, se narra una aparición del Nazareno, que dialoga con Fray Juan de la Cruz e intercambian confidencias y comparten dolores y pasión. Ante la oferta del Nazareno, queriendo agradecerle sus servicio, le dice a Juan de la Cruz: Fray Juan, pídeme lo que quisieres por estos trabajos que me has hecho; el santo responde:  Señor, como Tú, padecer y ser despreciado… Así se cumplió en la etapa final de su vida: acompañó, con la propia pasión, la pasión del Nazareno, llevando su cruz con la ayuda del mejor cirineo, el amor de Cristo. Son numerosas las estampas populares que muestran al santo rezando ante la imagen de un Nazareno, en silencio, compartiendo confidencias. 

Los dos centenarios sanjuanistas son una invitación a aceptar un reto: atrevernos a salir de lo cómodo, a no instalarnos en seguridades fáciles, a evitar la repetición sin alma, y a dejarnos que Dios nos conduzca por sendas nuevas, nos brinde horizontes más luminosos. La “noche oscura” que el santo describe y a la que apelamos, a veces sin conocimiento exacto, no es un callejón sin salida, sino la puerta hacia un amor más grande, una confianza más plena, una libertad más verdadera. En un mundo que busca luces rápidas y respuestas inmediatas, san Juan de la Cruz nos enseña que la verdadera claridad nace en la paciencia, en la purificación, en el silencio contemplativo que abre espacio a Dios. 

El lema elegido para este jubileo sanjuanista: “La esperanza tanto alcanza cuanto espera”, extraído libremente de sus escritos, nos recuerda que el cristiano no se mueve por cálculos, sino por confianza. San Juan de la Cruz nos anima a esperar con firme esperanza, a creer que incluso en los momentos más oscuros, el amor de Dios es más fuerte. Así, la soledad, el cáncer que hoy paraliza tantas vidas, puede convertirse en “soledad sonora” y habitada.

Este jubileo, no es solo memoria, es invitación. A lo largo de este Año Jubilar Sanjuanista, os invito a conocer al personaje y su obra; a imbuirnos en la profundidad de su doctrina y no quedarnos simplemente en la lectura meramente estética de su poesía. El santo tiene mucho que enseñarnos con su vida; el místico y poeta puede guiarnos en un mayor conocimiento del misterio de Dios, que se acerca a nosotros, para “decírnoslo todo en su Hijo, la Palabra hecha carne”. Este jubileo es una invitación a adentrarnos en la espesura de su poesía y gozarnos en la belleza de sus palabras, volviendo a recitar con unción, hasta brotar en oración, algunas de sus poesías más famosas: Cantico espiritual, Noche oscura, Llama de amor viva… 

Alfonso Crespo Hidalgo