El día 28 de agosto de 1968, fallecía en Madrid el obispo de Málaga Ángel Herrera Oria quien, apenas dos años antes, había sido elevado al rango de cardenal de la Iglesia por el papa Pablo VI.
Trasladado hasta nuestra ciudad para proceder a su inhumación en la Catedral, concretamente en la capilla de San Rafael, se requirió antes la labor del escultor José María Palma Burgos para que efectuara el vaciado de la mascarilla mortuoria y de las manos del prelado.
Con esta inmemorial costumbre se logra reproducir con total fidelidad las facciones de una persona algo que, además en este caso, fue determinante para que, en 1969, este mismo artista esculpiese en bronce el busto de su tumba y la estatua erigida en el postigo de los Abades, que tiene como fondo el templo catedralicio, testigo de sus famosísimas y multitudinarias homilías.
Los mencionados vaciados, en soporte de escayola, son posesión del Cabildo, que los guarda, junto a otros objetos que le pertenecieron, en calidad de reliquias. Consideración nada gratuita, teniendo en cuenta que, desde el 25 de enero de 1996, se encuentra abierta la causa de canonización del que ya es, con toda justicia, siervo de Dios. La intensa vida de D. Ángel, gastada en beneficio de la Iglesia desde ámbitos como el periodístico o el político y su ingente labor social y educativa, no solo avalan esta aspiración, sino que sitúan a su figura entre los más grandes personajes eclesiásticos españoles del siglo XX.
