El segundo fin de semana de mayo, la localidad aragonesa de Barbastro acogió una peregrinación del Pueblo Gitano a la cuna de su patrón, el beato Ceferino Giménez Malla, conocido como "El Pelé". Varias familias malagueñas se unieron a este encuentro al que acudieron peregrinos de Madrid, Zaragoza, Huesca, Burgos, Barcelona, Toledo y una parte representativa de Italia.
Como explica Ascen Lardés en iglesiaenaragon.com, «los peregrinos recorrieron la “Ruta de Ceferino”, un itinerario devocional y geográfico que parte de su casa en la calle San Hipólito. Los hitos más emblemáticos, como la Plaza del Ayuntamiento donde se recordaron episodios significativos de su vida o la cárcel, hilvanan una ruta que finalizó en la iglesia de San Francisco de Asís con una celebración de la palabra presidida por el obispo de Barbastro-Monzón, D. Ángel Javier Pérez Pueyo, seguida de un momento de convivencia y hermandad. El programa se completó con el homenaje en el cementerio de la ciudad, en cuyas tapias fue fusilado El Pelé, y la posterior eucaristía».
La malagueña Lydia Plata, de la parroquia de El Buen Pastor y colaboradora de la Pastoral Gitana en nuestra diócesis, ha querido compartir su testimonio tras participar en el encuentro junto a su familia: «La decisión de acudir surgió apenas 48 horas antes del viaje. Fue totalmente imprevisto, porque al principio no podíamos ir». Hicieron el camino en caravana junto a varios miembros de su familia para llegar justo al inicio de la peregrinación.
Uno de los momentos más significativos del encuentro fue la convivencia con la bisnieta del beato, conocida como tía Elena. Aunque la familia ya conocía la historia de Ceferino Jiménez Maya, escucharla directamente de boca de su descendiente cambió por completo su percepción. «Vivirla en persona y de la boca de su bisnieta lo cambiaba todo», asegura.
La malagueña destaca especialmente la humildad con la que la familia del beato transmitía su legado. Según explica, lejos de centrarse únicamente en las virtudes heroicas o en los hechos extraordinarios asociados a los santos, el testimonio giraba constantemente en torno al amor de Ceferino por Dios. «Su bisnieta hacía mención sobre todo al amor de Dios, a cómo él ponía al Señor ante todo», recuerda.
En un momento especialmente relevante para la causa de canonización del beato —que podría convertirse en el primer santo gitano reconocido por la Iglesia—, la peregrina afirma que le impresionó profundamente que el mensaje principal no fuera la grandeza humana de Ceferino, sino su entrega sencilla y total a la fe, incluso en los momentos finales de su vida y durante su estancia en prisión; y destaca la hospitalidad del pueblo y de la familia a los peregrinos: «Desprendían una humildad y una acogida que me dejaron marcada».
La experiencia supuso además una vivencia espiritual intensa para toda la familia: «Volvimos con mucho aprendizaje», afirma. Para ella, contemplar la manera en que la bisnieta hablaba del beato permitió imaginar cómo habría sido el propio Ceferino Jiménez Maya: «Sentí cómo sería él viendo cómo nos trataba ella, con qué humildad y con qué amor a Dios».
