Sentenciaba Ortega y Gasset que la palabra es sacramento de difícil administración. La palabra es mágica. Ama por el placer de amar.

La Palabra encarnada

Ocurre a veces, parafraseando a un poeta, que la vida se parece a esas palabras que brotan interminables, retóricas, grandiosas y banales: fortaleza, banalidad, demagogia, bondad, valentía, ternura, atención, compasión, apertura, derechos.... Luego vas corrigiéndolas hasta dejarlas en su esencia en lo poco que importa.  En lo que verdaderamente importa y señala el rumbo final de la vida y materia de juicio: el amor.   Lo recordaba el santo africano, Agustín de Hipona: ama y haz lo que quieras.  

El amor alcanza su expresión máxima en la Palabra encarnada que el cristianismo reconoce en Jesús el Cristo.  Es viva y eficaz y penetrante. Alcanza hasta partir el alma. Discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. La Palabra queda entonces alejada de esas viejas palabras que vuelven a nuestras manos y pupilas y que ahora se escriben y leen sin vergüenza hasta donde los límites de nuestra fe alcanzan.  Una Palabra única. Porque Dios es uno para la fe cristiana. No hay otros dioses fuera del Él.  Esta verdad de fe aporta el sentido último a lo que vivimos cada día. 

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