No recuerdo quien dijo “si echas barro en la puerta de tu vecino, al final también tú terminarás resbalarás” Es evidente.
Algo parecido empieza a suceder en la política española; un maniqueísmo asfixiante y barroso empieza a encochinar todo el entorno de aquellos que por elección y función debieran ser ejemplares. La gente en general siente ya la necesidad de volver la espalda a sus discursos por simple cansancio casi alérgico. En los últimos días se han producido acusaciones de enorme calado que luego han quedado en pura calentura preelectoral.
El juego democrático es nuevo en España y, sin embargo, padece un anacronismo cansino y malsano, sobre todo en sus formas usuales. Nuestro país llegó tarde a la democracia. Nadie debe olvidar que el siglo XX, época en la que se materializaron las libertades e institucionalizaron las ideologías, España vivió en dictadura prácticamente la mitad de la centuria. Me refiero a los gobiernos unipersonales de Primo de Rivera - algo más de siete años si incluímos la conocida como “dictablanda” de Berenguer- y los cuarenta del Franquismo. Algunas veces parece que la ausencia de libertad en los tiempos cruciales que comento nos ha mermado la capacidad para ver en el de enfrente a un adversario ideológico y no a un enemigo. Acusaciones sin base probatoria, insultos de carácter personal, réplicas venenosas… La polémica termina en pura charca. Hay algo que suena, digamos, a poco tranquilizador. Me refiero a la respuesta habitual de un acusado ante su acusador: “usted más”. Digo “poco tranquilizador” porque la ampliación del mal nunca, claro, conduce al bien sino a una especie de agrio cinismo compartido.
En fin, ahí andan todos a mordisco limpio. Según la mayoría de las encuestas, la abstención va a ser más numerosa que nunca. Esperemos que no sea así porque la zanja entre el pueblo y sus políticos no produce beneficios a nadie. Todo lo contrario.
