Los tres coinciden en lo mismo al afirmar que cuando uno siente la llamada de Dios, las salidas nocturnas y los botellones ya no tienen “ni chicha ni limoná”, pero sólo uno de ellos utiliza esta expresión, se llama Fran y es de Melilla, los otros dos dicen lo mismo pero de otra manera, Vladimir porque no habla bien el castellano, es ucraniano y Jorge porque en su tierra, Paraguay, no se utiliza, pero el sentimiento es común en los tres nuevos seminaristas que han ingresado este año.

«Cambié la adrenalina por el Seminario»

Han pasado diez años entre la primera y la segunda vez que Jorge de 28 años, ingresó en el Seminario, la primera vez fue en Paraguay, su tierra natal donde dejó la carrera de empresariales porque, como él dice, no le satisfacía, siempre había un límite,  "me sentía vacío y en ese momento empecé a investigar.   Fui a varios grupos de espiritualidad, empecé a visitar capillas y parroquias donde encontré cosas que no tenía antes.  Entraban muy silenciosamente pero calaban hondo, sentía que poco a poco algo muy profundo se llenaba”.  Sin embargo,  tuvo que salir del Seminario por razones económicas.

Cuando llegó a España empezó a trabajar y no tenía la más mínima intención de volver al Seminario, pero le empezó a  pasar lo mismo,  como el confirma: “sentía el mismo vacío, a pesar de las posibilidades que me ofrecía el trabajar en Málaga. Por eso volví a mi idea originaria y desde entonces todo tiene sentido, me siento bien conmigo mismo”.   Reconoce que no sabría decir, pero que se siente pleno al estar en el camino hacia el sacerdocio.  Confiesa que "siempre buscaba el desafío, buscaba la adrenalina, pero eso aquí en el Seminario se vuelve serenidad y paz.  Por eso me costó mucho la pastoral porque siempre fui muy individualista, mis metas eran personales, era un poco soberbio”.

Nunca contesté quiero ser cura

“Nunca me plantee ir al Seminario, sinceramente, al final del bachillerato pensaba hacer Derecho pero sentí la llamada de Dios y aquí estoy” afirma Vladimir de18 años que viene de Ucrania y es hijo de un sacerdote de la Iglesia Católica de rito oriental.

Cuando le preguntaban que quería ser de mayor él siempre decía “abogado, nuca contesté quiero ser cura, pero ahora me siento feliz aquí."  Reconoce que  antes salía mucho con sus amigos a las discotecas y eso le gustaba, pero recuerda que un domingo en una parroquia en Marbella, sintió la llamada de Dios y desde entonces cuando salía de marcha le faltaba algo. Ya no se lo pasaba igual de bien y poco a poco empezó a pensar en el Seminario, a preguntarle a su padre porque se ordenó sacerdote. Entonces lo trajo al Seminario, donde empezó a preguntar como era todo.

Fue tras una convivencia con el Seminario Menor en el Morche (Málaga) cuando tuvo claro que era lo suyo.  Señala que  entonces empezó a preguntar más cosas: el horario, que comen por la mañana, que almuerzan, a qué hora es la cena, cómo se estudia, cuando dejan salir a casa, qué es un año introductorio y le explicaron que era como un año de prueba, para sentir si esto era lo suyo o no. Fue entonces cuando le preguntó al Vice- Rector, Javier Guerrero,L “¿cómo podéis saber si esto es lo mío? y el me contestó que si lo era, estaría iluminado por el Espíritu.”  

En el Camino de Santiago, cuando Vladimir ya estaba convencido de ingresar en el Seminario, conoció a Fran, seminarista de Melilla de 19 años:  “Cuando Fran me preguntó ¿de dónde eres?  yo contesté: de Málaga y el me dijo: pues tienes poca pinta de ser de Málaga y yo le contesté: pero estoy en proceso.”

Cuando alguien le pregunta que porque no ha elegido ordenarse en el mismo rito que su padre y afirma: “creo que si Dios hubiera querido que yo ingresara en Ucrania y así poder casarme, ahora mismo estaría allí, pero todo depende del Señor, del que está en el cielo, así que ahora estoy en proceso de hacerme cura por el rito latino, como vosotros decís, si Dios quiere.”  

“Ni chicha ni limoná”

“Sentí la llamada de Dios con quince o dieciséis años, cuando estudiaba en un colegio religioso de las Franciscanas de los Sagrados Corazones y creía que estaba llamado a una comunidad religiosa, pero el Señor me fue mostrando poco a poco que quería otra cosa” recuerda Fran, el tercer seminarista que este año ha ingresado en el Seminario.

Este año terminó el bachillerato, hizo selectividad y se planteaba ser maestro, “porque todavía no estaba muy seguro, pero me paso como a Pablo, al que Cristo tiró del caballo camino de Damasco.  A mi me tiró del caballo camino de Santiago.”  Poco antes de llegar de llegar a Santiago asegura que sintió que el Señor lo estaba llamando y pensó “el momento es ahora, así que es mejor dejarme llevar y hacer lo que Él quiere.  Fue entonces cuando llegué a mi casa, lo conté”.

Asegura que antes de ingresar en el Seminario salía, iba a las discotecas, pero sentía que le faltaba algo, sentía que salir ya no tenía “ni chicha ni limoná”. Francisco recuerda que pensaba “si hago lo que me da la gana, ¿porque estoy vacío?, ¿que me faltaba?”.    Ese vacío lo llena con su estancia en el Seminario y la pastoral que realiza junto a Vladimir en el Cotolengo, la Asociación Benéfica Sagrado del Corazón de Jesús, donde acompañan a los más necesitados y hasta les cantan sevillanas o juegan al pimpón.

Cuando se les pregunta que puede hacer una persona que tenga dudas sobre su vocación, que no esté segura de si ha sido llamada por Dios, Jorge más tranquilo por su edad, es diez años mayor que los otros dos, asegura que hay que lanzarse. E invita a que venga quién se plantee si lo suyo es ser sacerdote, porque nunca se está seguro al cien por cien.  Pero afirma que  no hay que tener miedo a abrir las puertas a Cristo.