Homilía de Mons. Satué en la Misa de Clausura del Encuentro de Laicos de Parroquia
LAZARUS

Concluye este encuentro de laicos de parroquia en el que hemos rezado y celebrado, hemos escuchado y dialogado, para acoger la luz y la fuerza del Espíritu y seguir adelante en la misión de compartir caminos y acompañar esperanzas.

Compartir el camino de quienes están a nuestro lado, incluso cuando avanzan en la dirección equivocada, siguiendo el ejemplo de Jesús resucitado, que caminó junto a los discípulos de Emaús, los escuchó sin prisa, los iluminó con la Escritura y compartió con ellos el pan. Acompañar las esperanzas de la gente con la gran esperanza que nos ofrece Jesucristo: la certeza de que nunca estamos solos, de que su amor incondicional nos salva y de que su Espíritu hace posible que vivamos como hijos e hijas del Padre, como hermanos y hermanas de la gran familia humana, anticipando así la vida plena y definitiva en la eternidad de Dios.

Para cumplir esta misión común, que toma un rostro concreto en cada uno de nosotros, la Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos propone al menos cuatro actitudes fundamentales.

Primera actitud: buscar

Voy a servirme de un comentario del papa Francisco (Ángelus del 30 de julio de 2023) a la parábola del comerciante que hemos proclamado. Decía el Papa: «El evangelio nos ha hablado de un comerciante emprendedor, que no se queda quieto, sino que sale de su casa y se pone a buscar perlas preciosas. […] Y esto nos invita a no encerrarnos en la costumbre, en la mediocridad de los que se conforman, sino […] a buscar la novedad del Señor».

Podríamos preguntarnos, por tanto: ¿tenemos cada uno esta actitud de búsqueda en nuestra experiencia de fe, en nuestro compromiso familiar, social y parroquial: en la catequesis, en la liturgia, en la acción social? ¿Tiene la Acción Católica General esta actitud de búsqueda en su tarea de articular, formar e impulsar a la misión al laicado de parroquia? ¿Favorecemos que nuestras comunidades y diócesis busquen, como decía san Juan Pablo II hace tantos años, «un nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones» para vivir y anunciar el Evangelio, siempre el mismo y siempre nuevo?

La actitud de búsqueda no es necesaria solo para quienes aún no han encontrado a Jesucristo. Más aún, debería caracterizar especialmente a quienes creemos en Él. El papa León lo explicó en Barcelona: «Estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface al mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando, a buscar avanzando, pero, sobre todo, a buscar “descendiendo interiormente”, es decir, yendo a lo profundo».

Dicho con otras palabras: en la búsqueda no se trata tanto de vagar de un lugar a otro cuanto de adentrarnos en la profundidad de lo que somos y de la misión encomendada. En esta línea, la mística y laica francesa Madeleine Delbrêl animaba a cada creyente «a ser una torre de perforación hacia la capa de amor inagotable: el Dios oculto y desconocido que puede aplacar toda sed».

Por eso, no cedamos a la tentación de dejar de buscar, creyendo que ya lo sabemos todo o que ya lo hacemos todo bien. Solo buscando conoceremos mejor a Dios y disfrutaremos más plenamente de sus dones; solo buscando cumpliremos nuestra misión con mayor fruto para nosotros mismos y para los demás.

Segunda actitud: discernir

Así describía el papa Francisco al comerciante de la parábola: «Es una persona prudente, que “tiene ojo” y […] sabe “discernir” para encontrar la perla». No basta, por tanto, con buscar; es necesario discernir. Discernir en nuestra vida cotidiana, en nuestra experiencia de fe y de Iglesia, y en la misión propia de cada uno.

No discernimos para elegir el camino que nos reporte más ventajas personales, grupales o eclesiales, sino aquel que nos permite ser más fieles al Señor y a la misión que nos ha encomendado. Discernimos para no dejarnos llevar por las apariencias; para no despreciar lo nuevo por ser nuevo ni lo antiguo por ser antiguo, porque tanto en lo nuevo como en lo antiguo hay perlas y también baratijas. Aprendamos del escriba que entiende del Reino y «va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo». Pidamos al Señor, como Salomón, un corazón dócil, sabio e inteligente para discernir los caminos que Él nos va mostrando en cada momento de la historia.

Aprovechemos la riqueza del Sínodo sobre la sinodalidad para aprender a discernir personal y comunitariamente. Muchos de nosotros hemos practicado la conversación en el Espíritu. ¡Qué experiencia tan hermosa y enriquecedora! Atendiendo a nuestro propio interior y no tanto a nuestros prejuicios, escuchándonos unos a otros y acogiendo la Palabra de Dios en torno al altar, vamos discerniendo los caminos que Él quiere para su Iglesia —para el laicado y la Acción Católica en particular— y para este mundo nuestro, que Dios ama apasionadamente.

Tercera actitud: apostar

Seguimos “escuchando” a Francisco: «Al darse cuenta de su inmenso valor, [el comerciante] vende todo, sacrifica todos sus bienes para tenerla. Cambia radicalmente el inventario de su almacén; no queda nada más que esa perla: es su única riqueza, el sentido de su presente y de su futuro».

Este comerciante ciertamente apuesta. Apostar significa tomar un camino concreto, aunque no tengamos todas las certezas, renunciando a otras posibilidades, no desde la lógica de la renuncia por la renuncia ni de un Dios que nos «quita» cosas, sino desde la libertad de quien ha encontrado algo —o, mejor, a Alguien— que merece verdaderamente la pena.

Apostar en la vida de fe significa renunciar a muchas cosas, incluso buenas, para abrazar la perla preciosa que es Jesucristo. Como decía Francisco: «Él es la perla preciosa de la vida que hay que buscar, encontrar y hacer propia. Merece la pena invertirlo todo en Él, porque, cuando uno encuentra a Cristo, la vida cambia».

Apostar en la Acción Católica, en la parroquia y en la diócesis significa tomar decisiones, a veces dolorosas, para dedicar nuestros mejores esfuerzos a la misión de compartir caminos y acompañar esperanzas. Apostar por la misión significa renunciar a la obsesión por los números, al afán de quedar bien y a la búsqueda de poder, para abrazar decididamente, aunque a veces parezca inútil, el estilo del Evangelio: la humildad, la verdad y la compasión, especialmente hacia las personas más vulnerables.

No me negaréis que apostar es el paso más difícil, el más comprometido y, quizá por eso, el más decisivo. ¿No os sucede también a vosotros y a vuestras comunidades que, después de buscar y discernir, incluso después de redactar un plan pastoral, apenas somos capaces de cambiar en nuestro encuentro con Jesucristo, en la vida de nuestro grupo de fe, en la parroquia o en la diócesis?

Es aquí donde se pone a prueba nuestra fe. Es aquí donde se manifiesta si realmente nos fiamos de Dios o si seguimos aferrados a nuestras seguridades: costumbres, instituciones, métodos, reglamentos... Pidamos pues al Señor que nos conceda la confianza y la valentía necesarias para apostar cada día por Él, por la comunidad, por la fraternidad y por la misión.

Cuarta actitud: confiar

La parábola de la red, al igual que la del trigo y la cizaña que escuchábamos el domingo pasado, nos invita a confiar.

Aunque en el mar del mundo haya peces buenos y malos, y en el campo de nuestro corazón convivan el trigo y la cizaña, podemos confiar. Todo lo verdadero, todo lo bello y todo el amor que sembremos en nuestra relación con los demás y en nuestra misión no se perderá. Todo será recogido en cestos de eternidad.

Confiemos siempre en el Señor, también en las circunstancias sociales y eclesiales que nos toca vivir, con sus luces y sus sombras, porque, como nos recuerda el apóstol en la segunda lectura, «a quienes aman a Dios todo les sirve para el bien».

Adelante, hermanas y hermanos laicos de parroquia y de la Acción Católica. Adelante, hermanos obispos, sacerdotes y diáconos, que acompañáis al laicado y, a la vez, aprendéis tanto de él. Adelante también vosotros, abuelos y abuelas del encuentro organizado por Mensajeros de la Paz, que os habéis unido en esta celebración.

Sigamos buscando, discerniendo, apostando y confiando; y ayudemos a quienes caminan con nosotros a buscar, discernir, apostar y confiar. Que María, la Virgen de la Victoria, patrona de Málaga y de Melilla, nos acompañe e interceda por nosotros. Amén.