Una experiencia que nació hace 25 años para ofrecer a los jóvenes un voluntariado que les dejara huella.
Medio centenar de jóvenes de diversos puntos de la diócesis concluyeron el domingo 19 de julio la edición del Campo de Trabajo Lázaro (CTL) de este verano. Una experiencia que nació hace 25 años para ofrecer a los jóvenes un voluntariado que dejara huella en sus vidas. Organizado por la Delegación Diocesana de Juventud, Cáritas Diocesana y Pastoral Vocacional, este año invitaba a los jóvenes a ser “chispa de una humanidad nueva”.
Raúl Leal es el coordinador de Juventud para el CTL y explica que, para elegir el lema de este año, «estábamos esperando las palabras del papa León XIV en la vigilia en Madrid, a la que peregrinamos un grupo grande de jóvenes de la diócesis. Al equipo de Juventud nos marcó especialmente esta frase: “En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva”, y la elegimos como lema porque expresa muy bien lo que queremos vivir en el CTL, que, en el encuentro con Cristo, presente en el necesitado, su corazón vuelva a arder y descubran que están llamados a ser “chispa de una humanidad nueva”. No se trata solo de realizar un servicio durante unos días, sino de dejarse encontrar por el Señor en el camino y regresar renovados, con el deseo de llevar esa esperanza a los demás y comprometerse en el proyecto de voluntariado que viene ofreciendo la diócesis a los jóvenes».
Los participantes en el CTL han dedicado las mañanas a acompañar a los niños, mujeres, ancianos, personas sin hogar, enfermos, personas inmigrantes y familias acogidas en la casa de las Adoratrices, el Cotolengo, la residencia de las Hermanitas de los Pobres, Pozo Dulce, el Buen Samaritano, el Comedor Santa Teresa, Colichet, el Hogar San Carlos, el Centro San Juan de Dios, el Comedor Santo Domingo y Casa Betania. Por las tardes, regresaban al Seminario Diocesano, donde se han hospedado esta semana, para compartir lo vivido con diversas propuestas y veladas creativas. En una de ellas participó el obispo, D. José Antonio Satué, quien estuvo disponible para dialogar con los jóvenes de los temas que ellos propusieran. Una experiencia inolvidable para los cientos de jóvenes que han vivido el CTL en sus 25 años de vida.
Alfonso Clavero, técnico del programa de voluntariado joven y coordinador desde Cáritas del CTL explica que «para Cáritas Diocesana, acercar a los jóvenes a la realidad social de nuestra diócesis supone una valiosa oportunidad. Conocer y colaborar en primera persona en los centros, proyectos y servicios que la Iglesia de Málaga desarrolla en favor de las personas más vulnerables les permite descubrir el compromiso concreto del Evangelio con quienes sufren dificultad, exclusión o soledad. A lo largo de estos años, hemos comprobado cómo esta experiencia favorece una mirada solidaria, fortalece la sensibilidad social y ayuda a entender que la fe se expresa en el servicio, la acogida y la promoción de la dignidad de cada persona, iguales ante los ojos de Dios pese a las distintas situaciones de vida».
Es por esta combinación de encuentro con el Señor y con los hermanos necesitados que el responsable de Pastoral Vocacional, Juan Baena afirma que «el Campo de Trabajo Lázaro ofrece a los jóvenes una experiencia de fe muy completa. Combina dos dimensiones que son esenciales en la vida cristiana: el encuentro con el Señor y el encuentro con los hermanos necesitados. Ambos encuentros se iluminan mutuamente, creando las condiciones óptimas para que la voz de Dios resuene en nuestro interior. Por eso el CTL es una ocasión estupenda para despertar la pregunta por la propia vocación: "Ante la realidad del mundo que descubro estos días, ¿cómo me sitúo? ¿Qué quiere Dios de mí?". En el marco de la convivencia con otros jóvenes y ayudados por el acompañamiento de los monitores, los jóvenes pueden ir buscando la respuesta a esa pregunta, que nos conduce a la vida plena que Dios sueña para cada uno».
Leal explica que «a través de esta experiencia he podido orientar mi vida profesional ya que a día de hoy soy trabajador social en la Fundación Don Bosco y coordino un proyecto en prisión; pero también el CTL ha impregnado mi vida de fe y mi compromiso con los jóvenes en la Delegación de Juventud. Cada año sigue dejando huella porque el Señor siempre hace nuevas todas las cosas».
El testimonio de los jóvenes que han vivido la experiencia es clave para conocer hasta qué punto ha dejado huella en ellos. Blanca Valera, joven de 23 años que ha participado en la experiencia, lo tiene claro: «el CTL ha sido una experiencia increíble que voy a recordar siempre. Es un chute de energía y de espiritualidad para afrontar el verano cargada de la fuerza del Señor».
Pablo Sánchez de la Rosa, de 24 años, añade que el CTL ha sido para él «un momento de encuentro, de crecimiento y de volver a retomar cosas con las que estaba distanciado, como la fe. En esos días he podido conocer a muchísimas personas que me recibieron con los brazos abiertos y que han dejado una huella muy profunda en mí. También he compartido con las personas momentos de alegría y de tristeza, y momentos de oración delante del Santísimo que guardaré para siempre en mi corazón. El CTL me ha ayudado a reflexionar sobre mi fe, en qué punto me encontraba y qué necesitaba. He podido reencontrarme con Dios, a quien anhelaba. Estoy muy agradecido».
Carmen Gaspar, 23 años, se queda con dos cosas de la experiencia: «La suerte de que pudiera dedicarle una semana completa al Señor, sin que importara nada más, y la suerte de ser partícipe de esa red de ayuda a la sociedad, de dar un poquito a los demás. Y añado la experiencia compartida con los otros jóvenes, que se llevaron un trocito de mi corazón».
