Homilía de Mons. Jesús Catalá pronunciada durante la Solemne Función Principal de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora del Mayor Dolor de Puente Genil
COFRADÍA DEL SANTÍSIMO CRISTO DE LA MISERICORDIA Y NUESTRA SEÑORA DEL MAYOR DOLOR
(Santuario Jesús Nazareno-Puente Genil, 1 marzo 2026)
Lecturas: Gn 12, 1-4; Sal 32, 4-5.18-20.22; 2 Tm 1, 8b-10; Mt 17, 1-9.
(Domingo Cuaresma II-A. La Transfiguración)
1.- En este segundo domingo de Cuaresma la liturgia nos ofrece el pasaje de la Transfiguración de Jesús: Él «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto» (Mt 17, 1) y allí se transfiguró.
Este hecho era para ayudar a sus discípulos más cercanos a aceptar la pasión y muerte que él iba a cumplir en Jerusalén; se acercaba la gran “Hora” de Jesús (cf. Mt 26, 18). Los discípulos estaban asustados y escandalizados del anuncio que había hecho Jesús de su pasión (cf. Mc 8, 31).
De hecho, el apóstol Pedro, a quien Jesús le confió la misión de ser la cabeza del grupo apostólico (cf. Lc 22, 32), había profesado unos días antes su fe en Jesús como el Cristo e Hijo de Dios (cf. Mt 16, 16); pero rechazó su anuncio de la pasión y de la cruz; y Jesús lo reprendió enérgicamente: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16, 23).
Queridos cofrades y fieles todos, nos cuesta muchas veces aceptar la cruz y la rechazamos. Tengamos en cuenta que a la palabra “cruz” le damos diversas acepciones: llamamos cruz a una enfermedad, a la pérdida de un ser querido, a sufrimientos y dolores; pero la cruz es mucho más.
El Santísimo Cristo de la Misericordia nos invita con su ejemplo a tomar la cruz sobre nuestros hombros. Pero, cuando él habla de cruz referida a nosotros, se trata del seguimiento del Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga (Mt 16, 24); es decir, ser buen discípulo del Maestro, igual que él aceptó la voluntad del Padre. Tomar la cruz es seguir al Cristo de la Misericordia. No se trata solamente de soportar los males de la vida, sino mucho más; es ser discípulos del Buen Maestro.
2.- El Señor nos invita a dejarnos conducir por él a un monte, un lugar desierto y elevado, abandonando las comodidades; porque cuando se sube a un monte, hay que dejar las cosas que estorban, hay que ir ligeros de equipaje; y hay que abandonar también las mediocridades de nuestra vida; la subida al monte implica desprendimiento. Jesús se desprendió de todo y quedó desnudo en la cruz; lo ofreció todo, hasta la última gota de sangre (cf. Jn 18, 34).
Hemos de ponernos en camino cuesta arriba, con esfuerzo y sacrificio, renunciando a lo que nos impide seguir a Jesús, a lo que nos impide tomar la cruz; pero sabiendo que nos lleva a disfrutar de una experiencia única, que llenará toda nuestra vida; una experiencia luminosa, como la que disfrutaron los discípulos más cercanos a Jesús (cf. Mt 17, 2).
Y esa experiencia no la hacemos en solitario, sino juntos, como Hermandad, como Iglesia peregrina, caminando con los que el Señor ha puesto a nuestro lado como compañeros de viaje. Nos acompaña de modo especial Nuestra Señora del Mayor Dolor, como lo hizo ella en el camino del calvario y junto a la cruz con otras mujeres y el “discípulo amado” Juan (cf. Jn 19, 25-27); y como lo hizo con los demás apóstoles después de la resurrección, perseverando en la oración a la espera de recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14).
Queridos fieles, estamos bien acompañados; no vamos solos. Caminamos juntos, sinodalmente. Queridos cofrades, caminad juntos como hermandad, como comunidad cristiana, como parroquia, como Iglesia, rezando juntos y viviendo en fraternidad. Nuestra Señora del Mayor Dolor os acompaña, os cuida maternalmente e intercede por vosotros ante su Hijo Jesús. ¡Haced el camino cuaresmal juntos, para llegar a la Semana Santa y a la Pascua de resurrección! Éste es el objetivo.
3.- En esta celebración damos gracias a Dios por la Real Cofradía del Santísimo Cristo de la Misericordia y María Santísima del Mayor Dolor, que celebra su función principal.
Os invito a dar gracias a Dios recordando brevemente la historia de vuestra cofradía. La devoción al Santísimo Cristo de la Misericordia se remonta al año 1930, cuando doña Celia Parejo, mujer de fe profunda, adquirió una imagen de Cristo Crucificado, que cada Viernes Santo recorría las calles de Puente Genil llamando a la conversión, siendo germen de una devoción naciente.
En los trágicos sucesos de la persecución religiosa de la década de 1930, desde el inicio de la Segunda República, fue destruida la imagen del Cristo, como fueron destruidas muchas imágenes en tantas diócesis, al igual que la quema de iglesias y conventos.
Pero la devoción volvió a renacer en 1940, cuando doña Celia adquirió un nuevo Crucificado y una imagen de la Virgen, con los que se reorganizó el grupo inicial bajo el nombre de Cristo Crucificado y su Madre Dolorosa.
Posteriormente, en 1943, se añadieron las imágenes de San Juan Evangelista, María Magdalena y un centurión romano, configurando y completando así un cuadro plástico catequístico. Las imágenes tienen una finalidad devocional y de enseñanza catequética; de manera que contemplar la imagen lleve a la devoción y a la conversión, sin necesidad de muchas palabras. En tiempos de analfabetismo eran suficientes las imágenes para hacer brotar desde el corazón una oración y unos sentimientos de amor al Cristo de la Misericordia. Y quien contempla la imagen de la Virgen del Mayor Dolor, comparte con ella su sufrimiento.
4. Como todas las cosas humanas, la devoción tuvo sus altibajos, experimentando un nuevo impulso a finales de los años 1950, gracias a la animación de un grupo de hermanos y al acompañamiento espiritual de los Padres Franciscanos.
En 1958 el entonces Obispo de Córdoba, Mons. Manuel Fernández Conde, aprobó los Estatutos y constituyó canónicamente la Cofradía, poniendo su sede canónica en el Convento Franciscano de la Victoria. Y en 1976, tras la incorporación de una nueva imagen del Cristo, la sede canónica quedó definitivamente en la parroquia.
5.- En el relato de la transfiguración el apóstol Pedro estaba disfrutando de aquella visión y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!» (Mt 17, 4); porque todo encuentro con el Señor es fuente de luz y de felicidad.
En los encuentros de las diversas personas con Jesús, que nos narran los evangelios, su vida queda transformada: el ciego recobra la vista (cf. Mc 10, 46-52), los cojos vuelven a caminar (cf. Mt 11, 4-5), el paralítico es curado (cf. Lc 8, 18-24), los enfermos y leprosos son curados (cf. Lc 17, 11-19; Lc 8, 12-14), y hasta los muertos resucitan (cf. Jn 11, 1-19). Hay un cambio radical en todos ellos.
Pablo, el apóstol de los gentiles, no conoció a Jesús personalmente y por ello es modelo para nosotros, que tampoco hemos conocido al Jesús de la historia. Su encuentro con Jesús en el camino de Damasco transformó su vida (cf. Hch 9, 1-9). Encontrarnos con Jesús cambia nuestra vida y nos da fuerza para seguirle.
6.- Ante la petición de Pedro de quedare en el Tabor, Jesús les invita a bajar del monte (cf. Mt 17, 7) y les manda que no cuenten a nadie la visión «hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17, 9); porque Jesús tiene que sufrir primero la muerte en Jerusalén; pero eso es duro y por ello quiere animar a sus discípulos más cercanos para cuando llegue la hora difícil de su pasión y muerte.
Los apóstoles deben bajar y asumir lo que Jesús les pida; deben acompañarlo en el camino hacia Jerusalén; y también ellos un día deberán asumir su cruz.
No nos podemos quedar en el monte. Ser cofrade implica seguir a Cristo como buen discípulo y acompañarlo en su pasión; así lo hacéis siempre y de modo especial en tiempo cuaresmal y en el Triduo; hay que seguir acompañando a Jesús hasta la Pascua.
El Santo Cristo de la Misericordia pide también a quien le siga que anuncie la resurrección y la salvación a todos los hombres, dando testimonio y sin avergonzarse de ello, como dice san Pablo: «Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios» (2 Tm 1, 8).
Queridos cofrades, tomad parte en el anuncio del Evangelio según las posibilidades que tengáis; sed testigos de la muerte y resurrección de Cristo. ¡No descuidéis esta tarea, tan necesaria y urgente en nuestra sociedad! Muchos viven sin enterarse de este acontecimiento que ha cambiado la historia de la humanidad.
7.- Deseo felicitar al Hermano Mayor, Antonio, y a su Junta, por haber sido elegido pacíficamente por los hermanos. Esto me alegra mucho, porque soy testigo de que en otras cofradías se arman guerras para elegir al hermano mayor.
Caminad juntos todos los hermanos hacia la Pascua y mantened la fraternidad y estilo que tenéis de hacer las cosas con paz, alegría y comunión, sin dagas que se claven por la espalda. Creo que me entendéis, ¿verdad?
Hoy, vuestra Cofradía continúa siendo una escuela de fe, de esperanza y de testimonio público de amor al Santísimo Cristo de la Misericordia y de una gran devoción a María Santísima del Mayor Dolor.
Ahora sois vosotros, queridos cofrades y fieles, quienes lleváis en vuestras manos el testigo para transmitirlo a las nuevas generaciones. ¡No les falléis! ¡Transmitid la fe que recibisteis de vuestros mayores, para que no se apague la llama de la fe en este querido pueblo!
La transfiguración de Jesús cambió su figura externa para manifestar su divinidad interior. El Cristo de la Misericordia nos invita a dejarnos transfigurar por él. Dejemos que su figura se plasme en nuestros corazones.
En el bautismo recibimos la fe, la esperanza y el amor; y el Espíritu Santo selló en nosotros la figura de Cristo, que la emborronamos o desfiguramos por el pecado y recuperamos en el sacramento de la confesión. Hemos de dejarnos transfigurar por el Señor, para que su figura quede nítida dentro de nosotros, para poder ser testigos para los demás.
El Señor nos pide que le acompañemos en esta cuaresma en el camino del calvario; que purifiquemos nuestro corazón de lo que impide seguir al Maestro; es decir, de lo que nos impide tomar la cruz. ¡Obedezcamos, pues, al Santísimo Cristo de la Misericordia y acompañemos a María Santísima del Mayor Dolor en su sufrimiento! Amén.
