Homilía de Mons. Jesús Catalá, durante la Eucaristía del Sábado Santo-Vigilia Pascual 2019

Sábado Santo-Vigilia Pascual (Catedral-Málaga)

SABADO SANTO – VIGILIA PASCUAL

(Catedral-Málaga, 20 abril 2019)

Lecturas: Gn 1, 1 – 2, 2; Ex 14, 15 – 15,1; Is 55, 1-11; Ez 36, 16-28; Rm 6, 3-11; Sal 117; Lc 24, 1-12.

La noche santa de la Resurrección de Cristo

1.- La liturgia de esta noche tiene cuatro grandes partes. La primera es la Liturgia de la luz. En la procesión hemos venido acompañando el Cirio Pascual, que nos precedía y que simboliza a Cristo Resucitado, luz de los pueblos (cf. Lc 2, 32). 

Los fieles íbamos detrás de Cristo, que nos iluminaba con su luz. Hemos venido detrás de él, porque él ilumina nuestra vida y nos ofrece la vida divina. Ir detrás de otras cosas, o de otras personas, o de otros ideales, no llena en profundidad al ser humano y lo deja siempre insatisfecho, porque está llamado a la transcendencia. 

El pueblo de Israel iba hacia la tierra prometida. Y el nuevo pueblo de Israel, la Iglesia, va detrás de Jesús, intentando seguir sus pasos e iluminado por Él. La humanidad entera va detrás de Cristo, el Hijo de Dios, que es el único que salva y el único que da sentido a nuestra vida. Cristo es el primogénito de todos los seres humanos (cf. Col 1, 15), el primogénito de los muertos (cf. Col 1, 18) y de los resucitados. 

Vosotros, queridos catecúmenos, esta noche vais a pasar de las tinieblas a la luz, de la esclavitud del pecado a la libertad. La Pascua es un «paso». Con el rito de la luz hemos pasado, simbólicamente, de la oscuridad y de la tiniebla a la luz. Cuando hemos entrado en el templo estaba todo oscuro, hasta que la Luz de Cristo nos ha iluminado. Éste es el regalo que Dios os concede esta noche: liberaros de las tinieblas y de la esclavitud para pasar a la luz y a la libertad.

2.- En la segunda parte es la Liturgia de la Palabra. Hemos escuchado los relatos desde la creación (cf. Gn 1, 1 – 2, 2), la salida de Egipto del pueblo de Israel y el paso del Mar Rojo (cf. Ex 14, 15 – 15,1), la llamada a la conversión del profeta Isaía (cf. 55, 1-11), el anuncio de la renovación del corazón del profeta Ezequiel (cf. Ez 36, 16-28), la carta de San Pablo, en la que nos explica el bautismo (cf. Rm 6, 3-11); y, finalmente, el evangelio de la Resurrección de Cristo (cf. Lc 24, 1-12).

En esa parte de la liturgia de la Palabra hemos escuchado los relatos de las gestas del Señor. Dios ha creado al hombre, pero éste lo ha desobedecido. Y Dios ha redimido a ese hombre caído. 

El hombre ha caído esclavo de sus propias pasiones, atado de pies y manos, por su propio egoísmo y por su propio pecado. Y Cristo lo que hace es liberarnos de nosotros mismos, de nuestro pecado, de nuestro egoísmo, de nuestras cadenas. 

Las gestas del Señor, realizadas en el Antiguo Testamento al pueblo de Israel, sigue haciéndolas hoy al nuevo Pueblo, a todos nosotros que formamos la Iglesia de Cristo. Todos vamos a renovar ahora la vida que el Señor nos ha regalado y la liberación que el Señor ha cumplido en nosotros. 

3.- La tercera parte es la Liturgia bautismal. Centrada en la pila bautismal y en las aguas bautismales, donde serán bautizadas unas personas adultas. Bendeciremos el agua y después los catecúmenos seréis bautizados. 

El agua, al igual que la luz, es símbolo de la gran liberación que Dios realiza en nosotros. El agua es símbolo de la nueva vida. Para unos –el Faraón y su ejército- el agua fue motivo de muerte, porque quedaron anegados en el Mar Rojo. Para otros, el agua es vida; el agua es necesaria materialmente; pero simbólicamente el agua es vida en el Bautismo, vida de Dios; y al mismo tiempo es muerte al mal, muerte al pecado. 

Querido catecúmenos, vais a renovar vuestra vida y a recibir la vida nueva en Cristo. Los demás renovaremos también, con las promesas bautismales, el don de haber sido hechos hijos de Dios. 

4.- La cuarta parte es la celebración de La Eucaristía. Ésta es la gran noche de la Pascua, en la que celebramos que Cristo ha resucitado; que ha vencido a la muerte; que su luz ha vencido a las tinieblas y comparte con nosotros esa victoria: la victoria de la luz, la victoria de la vida. De la luz sobre la tiniebla, de la vida sobre el pecado y sobre la muerte. 

Asociémonos con Él por el Bautismo, como nos ha dicho San Pablo. Asociarse a Cristo por el Bautismo es asociarse a la muerte de Cristo y a su resurrección, quedando asociado a la vida en Cristo. 

Estimados catecúmenos, hoy damos gracias a Dios porque os va a regalar una nueva vida. En el sacramento de la Confirmación el Señor os regalará el Don de su Espíritu Santo, para confirmaros en la fe y para que profundicéis en esta vida nueva que el Señor os regala en el Bautismo. Finalmente, participaréis por primera vez en la Eucaristía, donde Cristo nos regala su cuerpo y sangre. 

5.- Vamos a hacer ahora las promesas bautismales. Esta es la noche por excelencia de la fe y de la esperanza. Mientras todo está sumido en la oscuridad, Dios nos ofrece su Luz y confiamos y esperamos en Él. 

Termino con una oración del papa Juan Pablo II, dirigida a la Virgen María: «¡Oh, María!, esta es por excelencia tu noche. Mientras se apagan las últimas luces del sábado y el fruto de tu vientre reposa en la tierra, tu corazón también vela. Tu fe y tu esperanza miran hacia delante. Vislumbran ya detrás de la pesada losa la tumba vacía; más allá del velo denso de las tinieblas, atisban el alba de la resurrección. 

Madre, haz que también velemos en el silencio de la noche, creyendo y esperando en la palabra del Señor. Así encontraremos, en la plenitud de la luz y de la vida, a Cristo, primicia de los resucitados, que reina con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. ¡Aleluya!» (Juan Pablo II, Homilía en la Vigilia de Pascua, 30.03.2002).