Son muchos los niños que comienzan a ir a misa cuando están en el vientre de su madre. En los primeros años de vida son un poco ruidosos, pero, como afirma más de un párroco: «los niños son la alegría de las parroquias». Cuando llegan a la adolescencia, muchos de ellos dejan de ir a misa sólo porque los llevan sus padres, y empiezan a descubrir otros motivos, unos para ir, y otros para dejar de ir.