Efectuar la colecta o, como se dice vulgarmente, pasar la canastilla durante el ofertorio de la Misa no es más que actualizar la práctica que el mismo san Pablo promovió para ayudar a los hermanos necesitados de Jerusalén (1 Corintios, 16 1-2).

El más antiguo y curioso de los cepillos conservados en la Catedral
Antiguo cepillo que se conserva en el archivo de la Catedral

Del mismo modo, perpetúa la costumbre de las primitivas comunidades cristianas que aportaban el pan y el vino para la consagración eucarística. Vinculada por tanto a la presentación de los dones por el sacerdote, este gesto espiritual y fraterno que denota amor y solidaridad, fue evolucionando de modo que los fieles fueron añadiendo aportaciones tanto en especie como en dinero para ayudar a las necesidades y actuaciones de la Iglesia. 

Paralelo a ello se crearon los cepos o alcancías fijas en los templos para recoger las limosnas, llamados así porque, en origen, estaban construidos con troncos de madera, es decir cippus en latín. Con todo, el pueblo acabó denominándolo cepillos, por aquello de que recogía o barría las monedas como lo haría una escobilla. En nuestra Catedral se conservan, como auténticas piezas de museo, algunos de los utensilios que en el pasado sirvieron para este menester, como unas bandejas de metal muy dignas para realzar el sentido simbólico de la ofrenda, pero poco prácticas, porque debían de producir mucho ruido. 

El más antiguo y curioso de estos limosneros, gastado por el tiempo, es el que aparece en la fotografía. Se trata de un bolso de cuero con asa que los fieles se pasaban unos a otros y cuya corta ranura es testimonio de una época en la que todavía no se había inventado el papel moneda.