Como cada 1 de noviembre, la Iglesia celebra la solemnidad de Todos los Santos, un día en el que los que peregrinamos aún en la tierra celebramos la comunión con quienes nos preceden en el cielo recibiendo de ellos el estímulo de su ejemplo.
Es un día para recordar que la llamada a la santidad no es solo para unos pocos privilegiados, sino para todos, todos, todos, cualquiera que sea nuestra circunstancia o estado de vida. Cada uno de nosotros estamos llamados a tomar nuestra cruz a pesar de nuestros pecados y seguir al Señor “con temor y temblor” en nuestros ambientes. En virtud de la Gracia, algunos darán fruto “del 30 o del 60 o del ciento por uno”.
Como señala el Papa, el Día de Todos los Santos «nos recuerda cuál es el destino final de la humanidad: una gran fiesta en la que celebramos el amor de Dios, presente en todo y en todos, reconociendo y admirando la belleza multiforme de los rostros, todos diferentes y al mismo tiempo semejantes al rostro de Cristo. Mientras anticipamos esta realidad futura, sentimos aún más fuerte y doloroso el contraste con los dramas que la familia humana está sufriendo a causa de las injusticias y de las guerras. Y sentimos todavía más imperioso el deber de ser constructores de fraternidad».
ORACIÓN
Dios todopoderoso y eterno, que nos concedes celebrar los méritos de todos los santos en una misma solemnidad, te rogamos que, por las súplicas de tan numerosos intercesores, nos concedas en abundancia los dones que te pedimos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Amén.
