La espada de san Pablo de la sillería del coro cuya caída accidental se interpretó como señal divina
Imagen de San Pablo en la sillería de coro de la Catedral

En la actualidad quienes nos consideramos cristianos nos tenemos por creyentes y no crédulos. En cierta forma hemos racionalizado nuestra fe, de modo que somos menos receptivos que nuestros antepasados a aceptar que Dios quiera enviarnos señales. Ellos, desde luego, interpretaban hechos o sucedidos como avisos providencialistas que hoy ni consideraríamos. Sirva esta reflexión para situarnos en el tiempo: Málaga, año 1803. Un buque procedente de Livorno ha propagado a comienzos de verano una epidemia de peste amarilla, comenzando por el barrio del Perchel. La situación es terrible, con carestía de alimentos, cordones sanitarios, médicos y medios insuficientes y una población amedrentada por los carros cargados con las víctimas que circulan a pleno día. A los cañonazos que las autoridades han dispuesto para que el humo de la pólvora purifique la atmósfera se unen medidas tan dudosas como el baldeo de las calles con vinagre y los sahumerios de plantas aromáticas que, en grandes brazadas, se queman por las esquinas. Antes de ordenarse la clausura de las iglesias y las procesiones de rogativas, ocurre un hecho en la Catedral puntualmente recogido en sus crónicas: 

«Estando en la misa mayor, en el tiempo de decir Dominus vobiscum del ofertorio, se le cayó de las manos la espada que tenía el señor San Pablo que está en la sillería, sin haberla tocado nadie. Este caso es muy sencillo: en los tiempos presentes, se anota aquí porque es necesario anotar las menores circunstancias. ¡Ojalá Su Majestad envainara la suya y se diera por contenta su justicia del castigo visible que está experimentando este pueblo!».