Cientos de malagueños acudieron el pasado 22 de febrero a la parroquia de los Santos Mártires Ciriaco y Paula para dar el ultimo adiós a Manuel Ángel Santiago, quien fuera su párroco.
En la homilía y en la semblanza leída tras la Misa se dio gracias a Dios por una vida de entrega a Dios y a su Iglesia. La Misa corpore insepulto en la que se rezó por el alma del vicario para el Laicado fallecido el pasado 22 de febrero, Manuel Ángel Santiago, fue presidida por el obispo de Málaga, D. José Antonio Satué, y concelebrada, además de por numerosos sacerdotes, por el obispo emérito D. Jesús Catalá, quien pronunció la homillía. «Ante sus restos mortales –afirmó– os animo a dar gracias a Dios porque para quienes lo hemos conocido, su vida ha sido un don. El Señor lo enriqueció con la gracia bautismal, borrándole el pecado original y haciéndolo renacer a la vida divina; y nuestra fe nos dice que hoy está gozando de esa vida divina, a la que estamos todos llamados».
El prelado que lo nombró vicario y que trabajó con él codo con codo en los últimos años, afirmó: «Personalmente deseo dar gracias al Señor, que me permitió tenerlo como colaborador estrecho en el consejo episcopal, con su estilo pausado y tranquilo, aunque no exento de firmeza» y, dirigiéndose a sus restos mortales, manifestó: «querido Manuel Ángel, como sé que nos escuchas, porque estás vivo en la presencia del Señor, muchas gracias por tu entrega a Dios y a los demás; por tu fe, sincera y profunda; por ser creatura, que has puesto tu vida en manos del Creador; por tu testimonio de vida y haber aceptado la voluntad del Señor en el proceso de tu historia. ¡Gracias, Manuel Ángel!».
Mons. Jesús Catalá: «Querido Manuel Ángel, como sé que nos escuchas, porque estás vivo en la presencia del Señor, muchas gracias por tu entrega a Dios y a los demás»
Tras la celebración eucarística, el sacerdote José Ruiz Córdoba, quien fuera amigo personal de Manuel Ángel desde tiempos juveniles y actual responsable general sacerdote de los Misioneros de la Esperanza (Mies), asociación pública de fieles a la que pertenecía el difunto, leyó una emotiva semblanza en la que relató diversas anécdotas de su vida de entrega al Evangelio, destacando su profunda fe. «Una fe –dijo– que le lleva al anuncio de Jesucristo, especialmente a los niños y a los jóvenes. Y ese joven delgadito, lo mismo iba con su vespino a Churriana, la Purísima o la Luz, a estar con los jóvenes y, desde sus luces y sombras, anunciarles el Evangelio».
Después de detallar los numerosos ministerios que desempeñó a lo largo de su vida sacerdotal, Ruiz Córdoba afirmó que, «como todos nosotros, la vida de Manuel Ángel fue un continuo tanteo, un continuo intento, un continuo buscar solo iluminado por la sed».
Finalmente, el responsable de Mies señalo que «su vida de fe siempre le hacía vivir arrojado en abandono al abismo del misterio de Dios. Esa sed la calmaba con su sensibilidad litúrgica, con la devoción a las imágenes… El tiempo se ha acabado, la muerte le ha llegado, ha dormido con la esperanza de la resurrección. ¡Cuántas veces oraría diciendo: "Al despertar, Señor, ¡me saciaré de tu semblante"!».
