Ana Blázquez y Rafael Ruiz, ambos laicos, son el rostro de la acogida que se encuentra quien acude al Tribunal Eclesiástico del Obispado de Málaga.
Este Tribunal no es un servicio jurídico sin más, sino que «es un servicio pastoral en el que es fundamental el cuidado y acompañamiento de la persona que llega hasta nosotros, con todas sus preocupaciones, de ahí la importancia de la acogida. Ese primer encuentro es fundamental», explica Ana Blázquez, primera mujer notaria-secretaria del Tribunal. El equipo de esta institución diocesana está formado por el vicario judicial, José Manuel Ferrary; los jueces instructores Federico Cortés y Felipe Gallego; dos defensores del vínculo; y un equipo de abogados y psicólogos colaboradores; además de la notaria, Ana Blázquez y Rafael Ruiz, voluntario que atiende a quien llega solicitando información sobre el proceso de nulidad de su matrimonio.
Primera mujer notaria-secretaria
Ana Blázquez es la primera mujer notaria-secretaria de este Tribunal, en el que lleva ocho años trabajando. Un 8 de marzo nació, día de la mujer. «Cada causa de nulidad es la vida de dos personas», afirma Ana, «en cada una de ellas se vive un proceso de acompañamiento con quien viene a solicitar la nulidad de su matrimonio».
Una media de 40-45 nuevas causas pasan por este Tribunal cada año, «pero son más de 150 las personas que vienen para informarse y para contar su proceso. La mayoría vienen a solicitar información sobre el proceso de nulidad de su matrimonio canónico. Llegan en una situación de dolor y de incertidumbre, a veces incluso sienten que no están dentro de la Iglesia y hay que explicarles con detenimiento todo el proceso. Por eso, no se trata de un servicio burocrático, sino pastoral. No se trata de la extinción de un contrato, sino de ver si el sacramento del matrimonio tuvo lugar o hubo una serie de factores, condiciones y situaciones particulares que llevaron a la persona a contraer matrimonio de forma inválida. Los matrimonios son nulos o son válidos, no se anulan».
En un momento tan desgarrador, Ana y Rafael se implican con cada uno de los protagonistas de las causas, con su historia personal, ofreciéndoles ayuda para completar los cuestionarios e información sobre la gratuidad y la reducción de costas.
A los letrados y peritos que colaboran con el Tribunal se les pide una formación muy específica porque «no es un proceso judicial sin alma. Es más, desde mi experiencia, son muchos los casos de personas que solicitan este proceso para sanar. Aquí incidimos en que no se les está juzgando, sino que se juzgan unos hechos. Y son muchas las ocasiones en las que les recordamos que el Señor nunca los ha abandonado en todo este camino», explica Ana.
«Cada causa de nulidad es la vida de dos personas»
Proceso de nulidad
Un proceso de declaración de nulidad tiene una duración estimada de un año y medio. «Tras la acogida y la decisión de ir adelante, se pone en contacto a la persona con un abogado o abogada y se introduce la demanda, de la que se da traslado a la parte demandada (que no está obligada a participar, pero tiene que ser conocedora del proceso). En realidad, en este proceso no se demanda a nadie lo que se demanda es el matrimonio», explica la notaria.
«Una vez recibida la respuesta o el silencio de la otra parte, comienza la fase de las pruebas. Se cita a los que un día fueron esposos para declarar y a una serie de testigos, a todos en diferentes días y con tranquilidad. El juez los escucha y se toman por escrito todas las declaraciones. Según los motivos solicitados, se puede solicitar una declaración pericial, que puede ser psicológica, o incluso médica», continúa explicando Ana Blázquez.
El abogado redacta sus conclusiones de la causa, que se hace llegar al defensor del vínculo, «que es algo parecido al Ministerio Fiscal, para que nos entendamos, y de ahí a los votos y la sentencia. Si en 15 días ninguna de las partes apela, la sentencia es firme y se ha declarado bien que el matrimonio es válido, o bien que es nulo, con lo que la situación de estas personas, dentro de la Iglesia cambia. Desde mi experiencia, no es un proceso agradable, pero cuando se hace bien el recorrido es sanador», añade.
Son muchas las situaciones vividas en el Tribunal que han marcado a Ana Blázquez porque «la tramitación es la misma para todos pero cada causa es la vida de dos personas. Para mí es una satisfacción llevar a buen puerto una causa que vienes acompañando desde el comienzo, como el servicio pastoral que es el de este Tribunal».
En el equipo del Tribunal hay varios sacerdotes, desde el vicario judicial y los jueces instructores, hasta los defensores del vínculo; pero también son numerosos los laicos que colaboran y forman el equipo de abogados y peritos. La cara visible del Tribunal para quien llega al Obispado buscando la oficina es la de dos laicos, Ana y Rafael y eso tiene algo muy positivo. En palabras de Ana, «hay que reconocer que la Iglesia como institución sigue imponiendo respeto a muchas personas y la palabra tribunal aún más. La gente llega pensando que se van a enfrentar a la sala de un juzgado pero, cuando se encuentra con nosotros se sorprende. En muchas ocasiones me dicen, “pero si eres muy joven” (se ríe). Y comienzan a entender que la Iglesia no son solo los sacerdotes, sino que somos todos».
Es más, en los tribunales eclesiásticos de las diócesis andaluzas, cada vez son más las mujeres notarias y secretarias, un puesto reservado, hasta hace poco tiempo, a los sacerdotes.
