Semblanza leída en el funeral de José Amalio González por su hermano en el presbiterio Emilio López Navas

Semblanza de José Amalio González Ruiz
Emilio López Navas durante la lectura de la semblanza de José Amalio González en su funeral RACTRIC TV

No me he guardado en el pecho tu justicia, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad ante la gran asamblea” (Sal 40,9-10)

José Amalio González Ruiz, Pepe Amalio, Pepe, Pepito. Esta semblanza puede ser muy breve o durar una verdadera eternidad. Si me ciño a repasar externamente los lugares en los que has sido párroco, se pueden reducir a cuatro: en Antequera, Santiago y San Pedro desde el 2004 al 2014; después en esta zona has simultaneado tanto Guaro y Villa de Guadalhorce con esta parroquia, San Juan y San Andrés de Coin, que aún atónita parece querer soltar el eco de tu voz por las esquinas.

También podríamos repasar tus nombramientos, como miembro de varios consejos diocesanos (de presbiterio, de Consultores…), como consiliario de Cursillos de Cristiandad e incluso como capellán de colegio… Pero todos sabemos, tú, sobre todo, que esos nombramientos no tenían la capacidad de quitarte el olor a oveja. Al contrario, siempre has sido libre y valiente, capaz de decir la verdad a quien corresponda (incluso algún que otro obispo) … aunque alguno te dijéramos que aflojaras. 

Como no tenemos a disposición la eternidad, como tú ahora comienzas a experimentar, déjame que repase contigo algunos “asuntos” que no hacen más que llegarme al corazón en forma de lágrimas, para que entre los que te queremos y están aquí presentes las lloremos de una vez (si es que eso fuese posible). 

Fuiste a nacer el tres de mayo del 71, el día de la cruz (tienes el don de la oportunidad con las fechas). No sé cómo Magdalena (tu madre), no se dio cuenta de que tú ibas a ser la suya, su cruz, al menos durante tu infancia y juventud. Bien decías después, ya de cura, que tu vocación era un milagro, de lo travieso e inquieto que eras de pequeño. Creciste, junto a tu hermana Lourdes y tu hermano Juan de Dios en circunstancias difíciles, pero nunca fue una vida triste, aunque sí complicada. Así lo muestra tu paso por distintos colegios, de los que sé que ahora están orgullosos de que fueses su alumno, pero en el momento las pasaron canutas contigo.

Buscando la felicidad tuviste hasta novia, te involucraste en grupos de fe en la parroquia de Stella Maris y ahí, a pesar de las travesuras que mejor nos callamos, el Amado, que tan bien cantó San Juan de la Cruz, salió a tu encuentro. No recuerdo ahora cuantos años fuiste carmelita, pero el poso quedó… y has sabido reconocer su figura en los sotos por los que pasó con presura”. 

En los primeros días de octubre de 1997, once aparentes insensatos tocamos a las puertas del Seminario. Tú nos decías, así como en secreto, que “oficialmente” no podías ingresar, porque aún te ataba el voto temporal que emitiste con los carmelitas en Úbeda. Menos mal que eso, por temporal, duró poco. Entonces, sin ser conscientes del todo lo que suponía aquel encuentro, aquel que es la Vida unió destinos que serán eternos.

No quiero abrir el bote de las anécdotas, porque seguro que serían inagotables (y algunas no son para contarlas en el templo). Tantos encuentros fortuitos, tantas tardes compartidas en el Seminario, en el Menor, con tu familia… En tu ser ardía un corazón misionero, que te llevó a ofrecerte, ya ordenado, por si se necesitaba tu presencia en Caicara. Claro, como te dio por irte más de un verano a Marruecos a pringarte como el que más… Sé que de esas experiencias no solo te llenaste tú, sino que se creó escuela. 

Otra vez con las fechas: te ordenaste el 11 de septiembre, no de 2001 con las torres gemelas, sino tres años después. Este verano cumplirías 22 años de vida sacerdotal entregada. Porque si hay algo que las personas que te han tratado dejan claro es que tu vida estaba ofrecida totalmente. Yo te he regañado más de una vez, pero tu teléfono, tu teléfono lo tiene todo Antequera, Coín, Guaro, Monda, Alhaurín… y podríamos ir nombrando algún que otro sitio más. Eso sí, tenías la envidiable capacidad de, cuando la conversación ya se había acabado (al menos para ti), cortarla sin paliativos: “vale, venga adiós, adiós”. 

Tú lo vivías todo con pasión: los jóvenes, los campamentos, el botellón si hace falta… y las reuniones, las discusiones (incluso teológicas), las comidas (si, eso también lo vamos a dejar para otro día). Y cuando uno hace las cosas con pasión, pasa de ser maestro a ser testigo. Y no solo en las cosas “divinas”. Hablar contigo de tus aves era entrar en una dimensión dominada por ti, pero que se esclarecía con una facilidad pasmosa. No solo sabías, sino que “sabías trasmitir lo que sabías”… Has hecho el bien, has construido el Reino incluso entre los jeques más ricos, llevando esa oración del cetrero que seguirá emocionando a quien la lea y la rece.

El día 26 de febrero, de hace 5 años, tu madre, Magdalena, nos dejaba para partir allí a donde tú te diriges ahora. ¿Eres de fechas, o no eres de fechas? 

Hermano valiente, querido entre primos, primas, tíos y tías. Has pasado haciendo el bien, has devuelto a mucha gente la ilusión de creer, la alegría de la fe, la pasión por el Evangelio.  Al clero de Málaga le dejas un hueco tan grande como tu cuerpo, pero sabemos que, desde allí, desde cerquita de tu Amado, vas a mandarnos muchos como tú. Ahora vas a ser feliz, a ser plenamente feliz… y aunque nosotros ahora nos parezca que no lo somos, lo hemos sido contigo y lo seremos de nuevo también, contigo y con Él. Déjanos solo un tiempito para poder asumirlo, para poder comprobar que, como tú tanto repetías, “solo se es feliz haciendo felices a los demás”. Gracias, Pepe Amalio, por tu vida.