Me quedé con ganas de deciros más cosas sobre mi visita a Roma. Especialmente sobre el Papa Francisco
Me da la impresión de que en sus alocuciones, preparadas cuidadosamente y personalmente, tiene un momento de debilidad que, salvando las distancias, comparto. En un momento determinado, se viene arriba y habla más con el corazón que con la boca. Lo cual me parece estupendamente.
En la audiencia, a la que tuve la suerte de asistir, se refirió al evangelio en que Jesús da la cara por los leprosos, los apestados de la época. Se abrió de capa y comenzó a hablar de los “leprosos” de hoy en día. Todos aquellos que, si no los despreciamos, los procuramos tener lejos física, espiritual o mentálmente. Los apestados de hoy en día, a los que ni siquiera rozamos “los buenos”. Esas personas que han caído en las garras de la soledad, la pobreza, la incomprensión o la ignorancia. Los que son de otra raza, otro país, otro color, otra religión, otra opción sexual, otras ideas e, incluso, otro partido.
Cuando, después del calorín físico y mental recibido en la alocución, bajábamos la vía de la consolación, íbamos dejando a un lado y a otro, pobres, tullidos, etc., a los que no me suelo acercar basándome en su “profesionalidad”. A lo largo de mi vida me he encontrado con toxicómanos de todo tipo, separados, divorciados, homosexuales, gitanos, ciudadanos de segunda (en nuestro criterio) a los que me he “asomado” con prevención y con guantes mentales. Que gran error.
Allá por el año setenta tuve la oportunidad de conocer a una leprosa de verdad que estaba acogida en el hospital Civil. Me la presentaron unos amigos. Se llamaba Rosa y olía a rosas. Jamás he estado más cerca del Señor que en su presencia.
Que razón lleva el Papa Francisco. Como siempre que se mete en harina. Después dirán que son churras o merinas. Que más da. Lo escrito, escrito está. Yo se donde está y quien es mi “leproso”, ¿y tu?
