Entre el tumulto de los huidos que pugnan por un agujero en la frontera entre Grecia y Macedonia, vi la risa de una niña; una niñita muy pequeña, de pelo desordenado y carilla sucia, que cabalgaba sobre la espalda de su padre. Detrás, con aspecto de gran cansancio, una mujer, su madre quizá, con un niño de la mano. “El cuadro”, ensombrecido por la emoción, ocupó un momento todo el espacio televisivo. La sonrisa quedó en primer plano. lo llenó todo un momento; alumbró la sinrazón, la crueldad, el cinismo de una sociedad televidente, occidental y distante, de vacaciones, muy quejosa de los ardores excesivos del sol del sol. La sonrisa preguntaba, sin voz, con una insufrible ingenuidad, la causa, de todo. ¡Qué sé yo! La risa de la niña era un compendio de mensajes que entran en el alma y la dejan sin respuestas. A la intemperie. Dicen que solo los niños comprenden a los niños. ¿La comprendería – la sonrisa digo- un niño morenito por el sol de la playa costasoleña?
¡Ah! ya que hablo de niños. He oído decir que muchísimos mocitos dicharacheros, sin tiempo para nada –hay que ver- han jugado al balconing allá, por la libertades veraniegas de Mallorca. Son “pendejillos” con no se qué tipo de angustia, interesados en cambiar el sistema. Tienen razón, hombre. El sistema está apolillado; huele fatal. El sistema, en fin, está invadido por la risa de la niña que cabalgaba a hombros de su padre. Sin embargo, los angustiados niños de Mallorca, tarde o temprano, encontrará un empleo para ir tirando. La niña de la sonrisa acabará en un burdel de carretera don la controlarán las mafias “a tanto por cliente” y ya no tendrá ni siquiera los hombros de su padre. ¿Su padre? ¡Jo! ¡Vaya usted a saber donde andará entonces su padre! La carne de emigrante está muy barata esta temporada y, con seguridad, también las siguientes. En cambio, la de señorita de gasolinera, depende de la demanda, claro, como en todos los trapicheos comerciales, pero, vamos algo más. Con decir que entre el año pasado y éste, el sector de la carne humana ha dejado, más o menos, unos ciento treinta y cinco mil millones de dólares está todo dicho. Son datos. ¡Datos!
Cuenta un escritor de la época, cuya nombre no viene al caso por antiguo, que, en los días anteriores a la segunda guerra mundial, algunos con suficiente sensibilidad, escucharon el sobrevuelo de un ángel que, enfurecido, batía sus alas en el cielo.
No sé yo si los ángeles son indiferentes a las sonrisas de las niñas que apañan su futuro en en las proximidades de las gasolineras. No sé.
Es que en este nuestro, mundo competitivo y veraniego, unas niñas traviesas que dicen poseer un talismán para cambiar el sistema, entran en las capillas, medio desnudas, y profanan a diestro; otras y orinan en las calles o pasean sus encantos sin tapaduras molestas y convencionales, al levante y poniente. ¡Quieren cambiar el sistema, hombre!
