Pues el Eurogrupo está dispuesto, dentro de una moderación, claro, a entregar el dinero que haga falta para controlar la entrada de emigrantes ilegales en el espacio privilegiado de sus fronteras. Hombre, todo desde los límites impuestos por la racionalidad. O sea, con parada obligada en los nortes de España e Italia; ¡de ahí para arriba, ni hablar!
Ocurre que hay un millón de potenciales emigrantes en busca de una oportunidad. Desde Lampedusa hasta poco más abajo de Ceuta y Melilla, un número creciente de personas hambrientas se agolpa a la espera de una oportunidad para cruzar la línea.
África suplica y, claro, pueden invadirnos gente sin cualificación profesional, enfermos de ébola, yihadistas emboscados, mujeres preñadas, a punto de parir sin la más elemental higiene… ¡Una barbaridad! Es como si hubiéramos dado marcha atrás al ritmo normal de la Historia.
Esta sociedad materializada, egocéntrica y dormida, no ha calculado los riesgos del su desamor. Sigue empecinada y absorta, en su lucha contra la obesidad.
Gracias a los conceptos que, desde el principio, vertió sobre nosotros el pensamiento cristiano, llegamos a crecer en el respeto a la vida, a fundar universidades, a establecer filosofías sobre el humanismo… A partir del hecho insólito de que Dios, el inconmensurable Dios del universo, era el niño débil de Belén supimos lo importantes que eran el hombre y la mujer solo por el hecho de serlo.
Después, desde ahí, dominamos la Tierra. Insisto, “dominamos” y cortamos el camino hacia el conocimiento a millones de personas que ahora esperan en la frontera de este paraíso tambaleante. Somos diosecillos inmisericordes de cartón piedra.
