Las manifestaciones de respeto y cariño se suceden profusamente en estos días marcados por el fallecimiento de nuestro querido D. Antonio, obispo émerito de Málaga y pastor sempiterno.

D. Antonio Dorado, obispo y pastor

La veracidad de las cualidades y virtudes de D. Antonio expresadas por quienes lo conocían y trataban, se puede constatar fácilmente por medio de las numerosas coincidencias en las citadas expresiones.

Su sencillez, humildad, cercanía, afabilidad, sentido del humor, amistad, diligencia y otras tantas características de su comportamiento han sido referidas por todo tipo de personas.

La creencia en la comunión de los santos nos alivia el dolor por su ausencia física y nos permite comunicarnos desde la oración y solicitarle intercesión por los que todavía caminamos en la Iglesia peregrina hacia la casa del Padre.

Cada vez que vayamos a rezar a la capilla de Santísimo en la Santa Iglesia Catedral podremos contemplar su tumba y avivar nuestro recuerdo y comunión.

Para nosotros su marcha ha acontecido en cuaresma y lo vivimos con sentimiento penitencial, en cambio para él ha supuesto una anticipación de la Pascua del Señor.

Echaremos de menos sus palabras, sus gestos, su talante sencillo y comunicativo. Recordaremos su bondad, su paz, su generosidad, su interés mostrado por todas las situaciones concretas de sus interlocutores. Añoraremos su contagiosa espiritualidad, pues no hacía falta estar con él en un lugar sagrado para sentir ese espacio como sacral; donde él estaba se notaba el templo del Espíritu Santo de su persona.

Infatigable y jovial, era una delicia escucharle, sabedor de la dignidad de su ministerio como obispo y pastor. Su cercanía y sencillez acortaban distancias, permaneciendo accesible a todo el mundo.

Impulsor de muy diversas tareas pastorales, en lo referente a las familias siempre hemos contado con su apoyo y dedicación en el Movimiento Familiar Cristiano, al que pertenezco, junto con la imponderable labor de nuestro consiliario D. Juan Antonio Paredes, por lo que le guardo profunda gratitud en mi corazón.

Por todo ello, doy gracias a Dios por su persona, por su ministerio, por la profunda huella que deja, por su vida, por sus enseñanzas y por su trato humilde y amable, por la alegría de contar en la Iglesia con tan gran obispo y pastor.