Vivimos tiempos convulsos. Política, social y religiosamente. Sin embargo, como cada año la comunidad católica vuelve a celebrar la Cuaresma. De manera pausada, tranquila, serena. Aunque haya quien se empeñe en empañarla con sus miserias.

Cuaresma en la otra orilla

Un tiempo salpicado de actos y celebraciones con marcado acento cristiano.  Donde la fe en Jesús de Nazaret, al que los cristianos reconocen verdadero Dios y verdadero hombre, late directa o indirectamente en cada propuesta cuaresmal.  Atrás quedó el carnaval. Los tiempos revueltos son engullidos por el calendario que indefectiblemente antes de la primera luna de primavera proponen a los seguidores del Nazareno que se paren.  Que contemplen.  Que recen antes de celebrar los misterios centrales de su fe. 

Por eso recobrar o alimentar diariamente la experiencia vibrante de la oración es recomendable.  Facilitar el diálogo con Dios es saludable.  Abrirle el corazón, dejarse sorprender y darle el derecho a hablarnos hace bien. Mucho bien. Por eso, el cristiano que pretenda vivir la Cuaresma sin rezar se equivocó de orilla.  Mejor que se declare pagano. Abrir las puertas de la libertad a Jesucristo, presentarle las alegrías y las penas dejando que él ilumine con su luz el corazón podrido de latir es una manera bella de vivir la experiencia de Dios.

Benedicto XVI decía que la felicidad que buscamos, la felicidad que tenemos derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret.  El mismo al que remite el arte que se procesiona en Semana Santa.  El mismo que adoran los católicos en el Santísimo Sacramento. Sólo él da plenitud a la vida. Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada.  Nada, absolutamente.  Ni tiempo ni nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. Solo con el cultivo de esa amistad en la oración se puede vivir en cristiano.   Servir sin reservas a Cristo, cueste lo que cueste, es lo mejor que pueden hacer sus seguidores en esta vida. Cuando alguien se encuentra a Jesús y se acoge su Evangelio, la vida le cambia a mejor. Y se siente empujado a comunicar a los demás la propia experiencia.

Son tantos los hombres  y mujeres que viven en Málaga que todavía no conocen el amor de Dios o buscan llenarse el corazón con sucedáneos insignificantes que no se puede perder el tiempo. Hay que transmitir con un lenguaje actual, cercano y auténtico la buena noticia del Evangelio. Urge.